Íñigo Errejón hace campaña en las primarias de Podemos (Fuente: Agencia EFE)
Íñigo Errejón hace campaña en las primarias de Podemos (Fuente: Agencia EFE)

Guerra civil en Podemos: tras el golpe fallido empieza la batalla en cada territorio

Niegan la rebelión interna, pero lo parecía. Y fracasado el intento de golpe llega una contienda que se presume larga y cruenta. La estrella creciente de Podemos ha llevado a la formación ante una encrucijada en la izquierda: el posibilismo de pactar o la ortodoxia de dominar. La guerra acaba de empezar.

 

Las guerras civiles empiezan cuando un conflicto localizado crece tanto que acaba partiendo en facciones un territorio concreto. O eso o, en el caso español, cuando un golpe de Estado fracasa y las regiones se alinean entre los diferentes bandos. Entonces, con el escenario roto, empieza la lucha.

Lo de Podemos parece una herida abierta de difícil cicatrización que ya casi puede calificarse de guerra civil abierta. Lejos quedan los días en que Pablo Iglesias e Íñigo Errejón intercambiaban puyas divertidas en Twitter: hace tiempo que no hay menciones cruzadas más allá de lo formal, da igual a quién se entreviste y cuánto se mencione al otro. Dos líderes con dos mensajes, dos estilos y dos modelos que pugnan por controlar el partido que fundaron. O, al menos, por no perder su posición.

Los críticos externos a la formación acusan al partido de haber crecido a toda velocidad para lo bueno, que son los resultados, y para lo malo, que son las conspiraciones, las tensiones, las divisiones, las camarillas y las luchas por el poder. Pero esta batalla tiene algo de peculiar: el equipo de Errejón, que es el que amenaza el liderazgo del equipo de Iglesias, en realidad no busca destronar al actual secretario general, porque no presentan candidato alternativo. Errejón, ‘enemigo’ de Iglesias, quiere que Iglesias siga mandando. Pero también quiere seguir estando él mismo donde estaba. La pregunta clave es si de verdad siempre ha querido eso o si se trata de un paso atrás previo al avance, un estado previo al derrocamiento, habida cuenta de que tras las primeras derrotas sufridas parece muy complicado hacer caer a Iglesias.

Es arriesgado asegurar que Errejón quisiera la silla de Iglesias, pero no se puede discutir que hubo movimientos para aglutinar apoyos en esa dirección

Porque la intención de Errejón de conservar a Iglesias en la secretaría general no discute con que haya habido una especie de ‘golpe’ interno. Es más, hubo un conato de sublevación y fracasó. Es arriesgado asegurar que Errejón quisiera la silla de Iglesias, pero no se puede discutir que hubo movimientos para aglutinar apoyos en esa dirección, y cuando el equipo de Iglesias lo descubrió, se abrió la herida. Esa es una versión. La otra es la que hacía pública el otro día Luis Alegre, señalando al entorno de Iglesias -Rafa Mayoral e Irene Montero- y acusándoles de haber iniciado la ‘purga’ y aislado al líder.

La primera versión la contaba ‘El Huffington Post‘ hace unas semanas: hace ahora un año Errejón y su equipo habrían empezado movimientos para controlar las distintas facciones territoriales de Podemos, en una operación bautizada como ‘Jaque Pastor’, que se descubrió por un descuido en un ordenador. El debate de fondo era posibilitar o no que el PSOE llegara a La Moncloa, algo que Iglesias no permitió y por lo que Errejón y muchos aliados territoriales que gobiernan con el PSOE presionaban. La consecuencia más evidente de que se destapara el complot fue que Iglesias fulminó a Sergio Pascual, secretario de organización y mano derecha de Errejón. Tras el golpe fallido empezaba la batalla por Madrid.

El asedio de Madrid

La primera gran batalla después del golpe fue una especie de guerra fría: no combatían Iglesias y Errejón, pero sí destacados generales de cada bando. La balanza se inclinó a favor del líder, y Ramón Espinar -a pesar del revuelo por la forma en la que adquirió y vendió su viviendavenció a Rita Maestre. De nuevo, otra consecuencia: José Manuel López, portavoz en la Asamblea de Madrid y más cercano a Errejón, era destituido.

Madrid ahora es una ciudad de trincheras morada

Quizá fue ahí cuando el número dos del partido decidió abandonar las aspiraciones de derrocar a Iglesias, si es que alguna vez las tuvo. Empezó a abrirse la herida, y con el tiempo, y tras muchas negaciones de conflicto y muchas puyas más o menos amistosas, los acontecimientos se precipitaron: primero Iglesias escribió una carta pública a Errejón que evidenciaba la ruptura, después el sector de Iglesias golpeó a Errejón en redes con la campaña #ÍñigoAsíNo, y hace apenas unos días ambos tenían un acalorado enfrentamiento en sus escaños. Al final, ningún acuerdo e imagen de división total. Iglesias ya dice que si pierde su lista dejará el proyecto, y quizá esa era la intención del otro bando: que se vaya, pero que parezca una decisión suya.

Madrid ahora es una ciudad de trincheras morada, salvo para Carolina Bescansa y Nacho Álvarez, que se han salido de la contienda para no ser arrasados por unos y otros: esperarán a ver quién gana y decidirán qué hacer. A un lado Juan Carlos Monedero, Pablo Echenique -y el otro puntal aragonés, Julio Rodríguez-, Irene Montero y Rafa Mayoral dan su apoyo a Iglesias. Al otro, Maestre, Pascual, Pablo Bustinduy y Tania Sánchez se decantan por Errejón. En la órbita de Podemos los apoyos no son evidentes, pero se suponen: Alberto Garzón es mucho más cercano a Iglesias -Errejón es crítico con la forma en que se ejecutó la alianza con IU- y cabe pensar que Manuela Carmena tiene mejor sintonía con Errejón que con un Iglesias respecto al que siempre ha marcado distancias.

Lo que vendrá tras Vistalegre II puede ser la guerra civil, territorio a territorio. Sólo una victoria aplastante de uno de los bandos provocaría la rendición del enemigo. De lo contrario, será una guerra larga y a buen seguro sangrienta para Podemos.

La independiente Andalucía y el ‘protectorado’ vasco

Además de Madrid, hay dos territorios clave en el mapa de Podemos en los que la formación tiene su marca propia. Uno es Andalucía, que desde el principio ha sido una especie de contrapoder dormido. Allí Teresa Rodríguez en lo autonómico y ‘Kichi’ González como referente municipal, dominan el partido. Ellos no van con ningún bando, más que con el suyo: Miguel Urbán lidera su propia lista de candidatos, sin ofrecer alternativa para derrocar a Iglesias.

De hecho, a pesar de las primeras hostilidades, la rama anticapitalista y el líder del partido han acabado haciendo buenas migas. Hay una especie de respeto mutuo, sólo alterado por las intenciones de Rodríguez de dotar a la formación andaluza de mayor autonomía de la matriz nacional. De hecho, Iglesias conserva buenas relaciones en la zona, con Noelia Vera, parte del equipo de ‘La Tuerka’, en un puesto destacado en su propia lista.

De forma muy distinta a Andalucía, la rama vasca de Podemos ha pasado de la guerra inicial a la pujanza actual. Lejos quedan los días donde Roberto Uriarte y su equipo dimitieron por las injerencias centrales para colocar en las listas al ‘errejonista’ Eduardo Maura. El golpe aquí lo dio Madrid, y Uriarte señaló como responsable a Pascual, afín a Errejón. Ahora la líder es la ‘pablista’ Nagua Alba, y los resultados de la formación -deslumbrantes en las generales, más comedidos en las autonómicas- les han convertido en un importante granero de votos.

Sus lealtades, en cualquier caso, están algo repartidas: allí se quejan de la poca presencia de líderes nacionales en sus actos, algo que posiblemente responde a la estrategia de no significarse en algunos temas espinosos para la izquierda vasca.

Las confluencias y allegados

Igual que en Madrid Manuela Carmena no se moja, pero se adivinan sus preferencias, pasa algo similar con los otros líderes de las confluencias de Podemos y sus formaciones aliadas.

En Galicia, por ejemplo, se vivió una tensa negociación antes de las generales que llevó a Pablo Iglesias a aceptar a última hora lo que no quería aceptar: fueron juntos porque Podemos se supeditó a En Marea, y no al revés. Fue tal la tensión que hasta Garzón acabó agradeciendo el esfuerzo hecho por Iglesias para aceptar tragarse sus condiciones.

En Cataluña el movimiento para conseguir mayor independencia de la formación central viene de largo: no es que la relación de Iglesias con Xavier Domènech sea mala, porque no lo es, pero Ada Colau trabaja desde hace tiempo para articular un sujeto político propio tras su éxito municipal y el batacazo autonómico de la coalición morada. Allí, como en Euskadi, también hubo un inicio tumultuoso:

Gemma Ubasart, amiga de Errejón, dimitió al tiempo que criticaba la injerencia de candidatos nacionales en su puesta en marcha.

El último territorio importante para Podemos en realidad no es de Podemos. En la Comunidad Valenciana Compromís se ha convertido en un aliado destacado, aunque totalmente independiente y no sólo en el grupo parlamentario. El hecho de que sostengan el gobierno socialista de la región y de que entre Mónica Oltra e Íñigo Errejón haya una excelente relación -allí acabó la campaña- hace evidente cuál es su preferencia. Si la guerra civil acabara estallando habría que ver cuál es el encaje de Compromís en ese nuevo mapa de alianzas y hostilidades, y cuánto perdería en votos y escaños si hubiera ruptura, llegado el caso. En ese escenario Iglesias ya sugiere un destino para el hipotético derrotado: que Errejón sustituyera a Carmena en Madrid, justo donde empezó la contienda.