La cúpula de Vox durante una manifestación al paso por la Plaza de Colón (Fuente: Vox)
La cúpula de Vox durante una manifestación al paso por la Plaza de Colón (Fuente: Vox)

El problema de la atención en política: por qué ignorar al rival puede ser mejor que combatirlo

Hay una anécdota recurrente en el mundillo de los medios que sirve para ilustrar la importancia de la atención en el panorama político. José Luis Rodríguez Zapatero era presidente del Gobierno, la Cadena SER líder indiscutible de las mañanas con Iñaki Gabilondo al micrófono y la crispación política hacía el ambiente prácticamente irrespirable tras el trauma del 11-M.

Por aquel entonces otro locutor radiofónico incendiaba las ondas cada mañana desde la COPE, inundando el argumentario político de teorías conspirativas, supuestos engaños del nuevo Ejecutivo sobre la autoría del ataque yihadista e incluso insultos a la oposición del PP por lo que, a su juicio, era una forma tibia de proceder. Ahora todo el mundo conoce a Federico Jiménez Losantos, pero por aquel entonces era alguien sin mayor relevancia. Al menos hasta que una mañana, cansado de sus ataques e insinuaciones, Gabilondo le contestó desde su atalaya mediática.

El error hizo que la audiencia de la COPE empezara a dispararse y Losantos se convirtiera en uno de los personajes más influyentes de la legislatura, condicionando el debate político y tensionando no sólo a la sociedad, sino al propio PP. Las luchas entre los ‘marianistas’ y los ‘aznaristas’ asomaron de fondo durante años hasta que Rajoy logró ganar las elecciones al tercer intento seis años después.

La política es, como otros, un negocio de atención. Los partidos, sus representantes y sus ideas necesitan notoriedad para hacer llegar su mensaje. En cuanto una formación política o un candidato pierde la atención de la ciudadanía su mensaje se diluye y desaparece, tal y como le sucedió a UPyD durante la décima legislatura. Y al contrario, como sucedió con Jiménez Losantos, gozar de atención te convierte en alguien influyente.

Hay muchos ejemplos y pocas excepciones a esa regla -la inesperada victoria de Zapatero en aquellas primarias socialistas contra José Bono sería una de las pocas. Y la lógica tiende a repetirse pasado el tiempo. Y eso llega hasta nuestros días, de nuevo con una legislatura tensa y crispada con una marcada dinámica de bloques.

La atención continua como estrategia

Esa lección ha arraigado fuerte en la política actual. Lo que algunos llaman ‘trumpismo’, una mezcla de populismo con búsqueda de notoriedad, funciona a las mil maravillas en una sociedad hiperconectada y expuesta a flujos de información constante en redes sociales. Hay mil canales distintos y pocos filtros fiables, de forma que muchas informaciones parciales, interesadas o directamente falsas llegan directamente a oídos de muchos. Así se generan estados de opinión exacerbados o se inflaman problemas inexistentes.

Pero para que esa estrategia funcione se necesita alimentar la hoguera de forma constante. Dar siempre que hablar, algo nuevo, aunque parezca contrario a los intereses del emisor: una foto ridícula en una portada, un coche llamativo en una manifestación, una declaración insostenible en el Parlamento. Da igual lo polémico que sea, porque el efecto será el deseado. Es la estrategia del judoka aplicada a la comunicación política: cuanto mayor sea la fuerza empleada contra ti más fácil será derribar al rival aprovechando su fuerza. Lo que Losantos hizo con Gabilondo ahora sucede en las elecciones.

Y es justamente lo que sucede con Vox en España. A fuerza de querer combatirle usando sus propias contradicciones, los partidos y opinadores de izquierdas le hicieron visible. Sucedió con la irrupción de la formación en el escenario político gracias a la masiva afluencia de gente al mitin de Vistalegre de octubre de 2018. Seis meses después conseguían 24 escaños en su primera aparición en el Congreso.

Una vez lograda la atención inicial, el resto era una cuestión de inercia. Mantener el ritmo incesante de atención. Trump ganó las elecciones en EEUU copando los medios con su presencia. Y eso, aunque fuera porque en muchas ocasiones le ridiculizaban o hablaban de sus propuestas fuera de foco, es justamente lo que le hizo ganar. Sus rivales le convirtieron en notorio, en posible, en una alternativa para enfadados contra el ‘establishment’ -contra el que él mismo había cargado usando su estrategia de comunicación-.

¿Y si el PP ha ayudado a Vox?

Cuando Vox emergió descolocó el tablero político. Se daba por sentado que robaría escaños al PP, su supuesto partido fronterizo, pero al final a quien se los quitó fue a Ciudadanos. En realidad tenía sentido: en ese momento ‘naranjas’ y ‘azules’ luchaban a brazo partido por la primacía en el centro-derecha, de forma que no había hueco para todos. El suelo electoral de los populares demostró nuevamente ser mucho más resistente que el de Ciudadanos, que no soportó tanto cambio de rumbo y acabó derrumbándose.

Desde entonces hasta ahora Vox y PP combaten por la primacía de la derecha, y más ahora que Ciudadanos retoma el camino perdido al centro. Pero en lugar de contraponer, los de Pablo Casado han optado por emular. Es Vox el que marca el discurso, el que lleva la iniciativa, el que impone las condiciones y tensa los acuerdos. Así se ha dado la fotografía de Colón, se han abrazado argumentos antes imposibles de plantear e incluso se han tolerado ataques y amenazas -en Andalucía Vox amagó con no apoyar los Presupuestos del Ejecutivo popular al que sustentaba-.

Vox ha seguido creciendo en presencia, en atención y en notoriedad, al tiempo que el PP ha ido diluyéndose en el combate. Con los de Santiago Abascal dominando los términos y ejerciendo de oposición al Gobierno y con los de Inés Arrimadas sosteniendo la mayoría del Ejecutivo en votaciones clave los populares han perdido el compás.

Desde el análisis político se ha dado por bueno el argumento del ‘combate’: hay luchas por espectros ideológicos y electorados que un partido acaba ganando o perdiendo, y también hay facciones que evitan competir directamente para no ‘mancharse’, que es por lo que parece haber optado Casado. No les viene del todo mal, a su juicio, que Vox abra debates hasta ahora intocables para aprovecharlos y generar estados de opinión determinados.

Pero, ¿y si al dejar a Vox hacer ese trabajo sucio en realidad se les da visibilidad en lugar de quemarles? ¿Qué sucedería si el PP empezara a competir en lugar de a tender puentes llamando a la unidad de voto? Es lo que Macron hizo en Francia, o lo que Merkel hizo de forma taxativa en Alemania.

La mayor victoria política de Podemos es haber obligado al PSOE a usar los dos apellidos cuando hablan de su fundador para evitar dar notoriedad a un rival y competidor ahora convertido en aliado eventual. La mayor victoria de Vox quizá esté por llegar, o puede que el castillo de naipes se desmorone. Pero de momento la campaña basada en atención y notoriedad la va ganando, y sin haber tenido que hacer nada: para eso ya tiene a sus rivales, como buenos judokas de la política que han demostrado ser.