El Barça de Koeman no era el Barça de Guardiola. Cambiaban los jugadores, claro. Pero sobre todo, cambiaba el estilo de juego. De renunciar al balón y encerrarte con cinco atrás a tocarla hasta la extenuación, empezando por el portero. De importar ‘talento’ a precio de oro a fiarlo todo a la cantera. En el fútbol, como en casi todo en la vida, hay ideología. Y también política. Mucha política.
Al lío 👇🏻
🙌🏻 Punto uno: extremo derecho, extremo izquierdo
Si has leído a Tolkien recordarás que, ante la pasividad de los habitantes de la Tierra Media, el mal fue reagrupándose poco a poco, preparándose para volver a atacar. Tardó mucho tiempo, pero al final se hizo fuerte mientras quienes le habían derrotado tiempo atrás diluían sus energías entre escaramuzas y ambiciones.
El mal lleva tiempo asomando por las calles, y a menudo tiene vínculos futbolísticos. En febrero algunos aparecieron en un homenaje fascista en Madrid. En marzo trascendió una pelea de entrenamiento entre ultras de Real Madrid y Atlético, rivales que desde hace unos años están emparentados por el ‘Niño Skin’. Hace unas semanas trascendía que uno de los manifestantes neonazis de Chueca está intentando resucitar a los ultras del Valencia.
Hay muchos más ejemplos, pero para cerrar la enumeración sólo hay que revisar el vídeo de la operación en la que la Policía detenía de la cúpula de los ultras del Barça hace apenas unos días. Especial atención merece lo que se ve a partir del minuto 1:06.
En Francia los incidentes empiezan a ser constantes, incluso con planes golpistas (lo cual es un run-run recurrente). En España los ultras llevaban unos cuantos años fuera de los estadios de fútbol, como Sauron despojado de su anillo. Pero no es coincidencia que en los últimos tiempos sus tambores resuenen con fuerza. El redoble empezó justo en aquel 2014 en el que tantas cosas empezaron a quebrarse en nuestra política, con una muerte a plena luz del día en Madrid.
En los últimos años, entre crisis y desafecciones, la sociedad se ha ido polarizando. La tendencia ha pasado de las calles al Congreso, y del Congreso ha vuelto multiplicada a las calles. Y si en la calle hay tensión cómo no va a haberla en los alrededores de los estadios, siendo el fútbol tan dado a destilar lo más primario de nuestras emociones.
🧣 Punto dos: bufandas que aprietan tanto que ahogan
En realidad ese primitivismo está en el seno de casi cualquier deporte. Es sociología básica: la masa hace que la identidad se diluya y acabemos haciendo cosas que nunca haríamos si sólo dependieran de nosotros. Si cualquier padre de familia medio normal puede acabar insultando a los antepasados del árbitro a voz en grito, qué no puede hacer un radical violento tan cargado de prejuicios como falto de cultura.

El deporte en general es una forma civilizada de guerra: la defensa de nuestros soldados combatiendo en una batalla incruenta contra ‘los otros’. Y a los más radicales la metáfora se les desborda, pasando esos ‘otros’ a representar cosas muy lejanas al fútbol. ‘El Barça’ de pronto son los independentistas, ‘el Real Madrid’ el franquismo, y así con el resto de simplezas. Todos los extremos empiezan por despersonalizar al de enfrente.
Y, como en toda guerra, hay bandos ideológicos. Hay ultras de derechas -los más- y ultras de izquierdas. Hay ejércitos aliados y rivales eternos. Hay estadios que dan miedo. Y hay hasta equipos que acaban engullidos por la ideología de sus propios ultras. Cómo se va a resistir un radical a esa liturgia de banderas, colores y pertenencia en la que cualquiera que abandone mi bando se convierte en traidor.
Pero no todo lo político en el fútbol es tan extremo, ni tampoco tan tenebroso. Porque como contienda ficticia que es, también sirve para reivindicar cosas y arrojar luz sobre ciertas causas. Por ejemplo identidades, en particular las más heridas. Y ninguna lo está más que la argentina. Así que no puede haber reivindicación más épica que la de un chico de la calle que acabaría engullido por la vida para redimirles.
Todo ocurrió un domingo, era el 22 de junio de 1986. Habían pasado cuatro años desde que Reino Unido humilló a Argentina en las Malvinas. Y entonces, ante más de cien mil personas, un solo argentino se las arregló para derrotar a todos los soldados británicos sobre el terreno de juego. Jugaban en México, pero en realidad era el campo de los británicos: ellos inventaron el fútbol, y el fútbol se inventó un gol para la historia.
Argentina ganó aquel partido de cuartos de final y acabó llevándose el Mundial. Maradona, que falleció hace un año, se hizo inmortal. Y el orgullo eternamente herido de todo el país tuvo un argumento mágico al que aferrarse durante una generación y todas las que vinieran detrás. Pocos homenajes más trabajados y profundos que éste, por si quieres sumergirte en la volcánica figura del ‘Pelusa’.
🏴 Punto tres: colores, escudos y banderas
Pero no toda la épica acaba siempre bien. Cuatro años después también jugaba Argentina los cuartos de final de otro Mundial. Esta vez era en Italia, y esta vez el protagonista fue Hadzibegic. En sus botas estuvo el penalti que decantó el partido y supuso la eliminación de su Yugoslavia. La guerra de los Balcanes empezó unos meses después y, según él mismo cree, quizá la historia hubiera sido distinta si aquella pelota hubiera entrado.
Como en el segundo boletín ya hablamos de nacionalismo y fútbol no me voy a explayar, pero por si no lo leíste va un resumen: en este mundo ficticio de once contra once hay un mundial de países que no existen liderado por Chipre del Norte, o compiten como territorios soberanos Gibraltar o Palestina. Y por supuesto hay jugadores que toman partido a favor o en contra de sensibilidades nacionales diversas, como hicieron los suizos hijos de albaneses Xhaka y Shaqiri contra los serbios… y luego hizo el austríaco Arnautovic, hijo de serbio, ofendiendo a un rival macedonio de origen albanés. Es fácil enredarse con la bandera si la llevas larga.
En España, por supuesto, hemos tenido también de las nuestras. En 1976, ya con Franco muerto pero con Fraga en Interior, tuvieron que ser los jugadores de la Real Sociedad y el Athletic quienes empujaran para que la ikurriña fuera legalizada. Esta es la historia.

Aunque no hace falta remontarse tan atrás en el tiempo. Por ejemplo, hay tensiones de este estilo cada invierno cuando, aprovechando el parón, juegan las selecciones no oficiales de algunas autonomías. La costumbre empezó hace unos años, quizá por la época en la que Oleguer Presas dejó de ir con la Selección por no sentirse implicado a causa de su ideología nacionalista catalana. Y llega hasta hoy, cuando la Selección aún no ha encontrado recambio para un Piqué que dejó el equipo porque se le acusaba más o menos de lo mismo. Casos así ha habido unos cuantos.
🤑 Punto cuatro: el arraigo tenía cláusula de rescisión
El vínculo entre identidad y fútbol es obvio, pero sorprende que se mantenga también en el fútbol moderno. Ese que empezó justo hace 25 años con el llamado ‘caso Bosman’ que redujo las limitaciones para incorporar extranjeros en el fútbol europeo. Ahora los soldados que jaleamos vienen casi todos de otras tierras. Salvo en el caso del Athletic, claro.

A modo de experimento, he cogido los onces titulares que sacaron los equipos de Primera División en la jornada anterior y he contado cuántos jugadores nacieron en la provincia del equipo en el que juegan. Bastante elocuente.
Pero el desarraigo del fútbol no sólo tiene que ver con sus jugadores, sino también con sus propietarios. Siendo como es el principal evento de masas a nivel mundial, se ha convertido también en una poderosa arma de propaganda internacional. Una forma de ‘soft power’ gracias a la cual empresas controladas de forma oscura por el gobierno más antieuropeo del mundo pueden acabar patrocinando los torneos continentales.
Y no sólo son patrocinios: sin dejar de hablar de Gazprom, Román Abrámovich compró el Chelsea británico en 2003 abriendo la veda. Hoy en día, de todos los equipos de la Premier League, la liga nacional más fuerte del momento, sólo cuatro están en manos de británicos: el Brighton, el Tottenham, el West Ham y el Everton -aunque su dueño tiene origen iraní-.

La tabla de esta pieza de The Sun lo ilustra… aunque necesita una actualización: el dinero de Arabia Saudí ha comprado el Newcastle. Y -adivina-, los aficionados lo celebraron con jolgorio y turbantes. Dicen que porque no soportaban al dueño anterior, pero también hay quien cree que es por la inyección de dinero que llegará al equipo.
Ojo, en mi Valencia también recibieron con honores a Peter Lim. Ay.
🤔 Uniendo los puntos
El fútbol es muchas cosas, pero sobre todo dos: un negocio y un vector de sentimientos, también políticos. Y por eso la influencia va en ambas direcciones. Hay políticos que se desmarcan de las directrices de sus jefes, hay fichajes estelares y hay destituciones. Hay partidos (cada vez más). Hay quien vive al borde del fuera de juego y quien no se deja una por rematar. Hay quejas por las acciones arbitrales, autogoles y hasta quien reparte juego. Por haber hay hasta un expresidente que leía el Marca.
Empezaba el boletín de hoy diciendo que en el fútbol hay mucha política. Pero, por desgracia, también en la política cada vez hay más fútbol. Hoolingans exaltados, tácticas resultadistas y forofos jaleando en las redes. Igual habría que meter un gol a todo eso y dedicarnos al ‘jogo bonito’ parlamentario.
Te escribo el sábado, pero sonríe mientras: hay fútbol entre semana 👋🏻