Nuestros representantes cambian según el momento. Cuando cundió desencanto hacia ‘lo antiguo’, en España pasamos de los Rajoy, Rubalcaba, Díez y Lara a los Casado, Sánchez, Rivera o Iglesias. Política también es saber leer lo que va a querer votar la ciudadanía.
🫧 Punto uno: perlas falsas. Barbara Bush, señora de bien de cuando el Partido Republicano era un partido de bien, instauró lo de llevar ostentosas perlas falsas en sus actos. Podía permitirse las de verdad, claro, pero era estrategia: decirle a las amas de casa del país ‘soy como vosotras’, o incluso ‘podéis ser como yo’. Tampoco era casual que Michelle Obama, una mujer que bien podía ensombrecer a su marido por su preparación, actuara como actuaba y vistiera como vestía. La estadounidense siempre ha sido una cultura política muy visual.

⚖️ Punto dos: el equilibrio. A diferencia del autoritarismo, donde prima la idealización, la democracia necesita de la gasolina aspiracional para generar adhesiones: la ficción de que nuestros representantes solucionarán nuestros problemas porque creemos que también son sus problemas. Eso implica una dicotomía entre quienes buscan en los políticos a alguien como ellos, que entienda su realidad y por tanto pueda afrontarla -sabiendo, por ejemplo, cuánto cuesta un café-; y quienes esperan de sus representantes que sean mejores y más preparados que ellos, porque gestionar lo de todos es complicado y la responsabilidad, por tanto, es también mayor. Ese equilibrio varía según la ocasión: populismo, carisma y telegenia o preparación, sobriedad y capacidad de gestión. Porque tenerlo todo es complicado.
🆚 Punto tres: élites y contraélites. Es de perogrullo decir que no hay una izquierda, sino muchas, pero en realidad hay dos modelos -lo demás es adanismo-: una elitista, urbana, moderna, en boga últimamente aunque generando cada vez más rechazo… y una vinculada al obrerismo, a lo agrario, a la lucha de clases y demás, que pasó de moda por su fuerte ortodoxia… y porque esa bandera la está cogiendo una de las, también, dos derechas. Vox se está ‘podemizando’ para arrebatarle a la izquierda el campo, donde su mensaje antiecologista, paradójicamente, cala -cazadores, agricultores, sector taurino, pequeños autónomos-, y al tiempo ‘obreriza’ su discurso para hacerse aún más fuerte en los márgenes de las ciudades -donde pesan el coste de la vida y el impacto laboral de la inmigración-, poniendo a últimos contra penúltimos. Eso genera tensiones internas, pero también garantiza perfil propio. La otra derecha, la de la élite económica y empresarial clásica, parece ahora más alejada del sentir del ciudadano medio. Identidad, pero con versiones.
🤔 Uniendo los puntos. Las elecciones, al final, van de sumar; la cuestión es ver qué nicho es más rentable. Porque la balanza de izquierda y derecha la acaba inclinando la clase media, que suele ser la más numerosa en países desarrollados… y al final es la que más calidad de vida y expectativas se está dejando por el camino en estos últimos años.




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