Santiago Abascal en el acto de Vox en Vistalegre (Fuente: Wikimedia Commons)
Santiago Abascal en el acto de Vox en Vistalegre (Fuente: Wikimedia Commons)

Vistalegre como síntoma: ¿puede la extrema derecha llegar al Congreso de la mano de Vox?

La caída en desgracia de un PP desalojado del Gobierno vía moción de censura sigue teniendo consecuencias, algunas de calado. Por primera vez en décadas su capacidad de aglutinar sensibilidades se resquebraja, lo que ha abierto las puertas a formaciones escoradas hacia la derecha más radical. Vox ya ha mandado su primer aviso.

 

Durante los últimos años los argumentarios de uno y otro signo ideológico se han ido llenando de expresiones grandilocuentes para descalificar al adversario. Es parte de la retórica política en una lógica de campaña permanente: usar hipérboles para llenar titulares y movilizar a sus bases, aunque eso suponga enmascarar verdades o disimular mentiras.

Así, se ha hablado de un «Estado policial», de quienes querían «ocupar el Congreso», de «presos políticos» y de «comandos separatistas». Tampoco han faltado calificativos como «filoetarras» o «chavistas» para los nacionalistas o Podemos, ni acusaciones de ser la «extrema derecha» en referencia a partidos como el PP, UPyD o Ciudadanos.

Casi todas esas afirmaciones, obvias para los propios y aberrantes para los extraños, acaban cayendo por su propio peso. Otras necesitan evidencias palmarias para que lo hagan. Y es lo que ha sucedido para muchos con la puesta en escena de la extrema derecha en España durante este fin de semana.

Objetivo: las clases populares

Vox, una escisión del PP nacida hace algunos años en pleno auge del ‘marianismo’ daba un golpe sobre la mesa este domingo reuniendo a casi diez mil personas en el madrileño Palacio de Vistalegre. Su origen como formación llegó años atrás, en plena ruptura del PP con las asociaciones de víctimas del terrorismo y cuando las tensiones con el pasado ‘aznarista’ se empezaban a hacer evidentes. La gestión del conflicto catalán, el suave aterrizaje final del terrorismo y los desencuentros en materia social -la reforma del aborto o el decaimiento del recurso contra el matrimonio homosexual- le dieron algo más de empuje. Sin embargo hasta la fecha había pasado sin pena ni gloria por las urnas, grajeando una atención residual del electorado. De nada sirvieron fichajes ‘estelares’ como los de Alejo Vidal-Quadras o José Antonio Ortega Lara.

La derecha más escorada, a la que se suele ubicar por error en cierta élite social y económica, siempre se ha hecho fuerte con los votos del trabajador desencantado y de las clases populares más humildes

Por eso ha sorprendido su repentina puesta en escena, al menos en cuanto a su tamaño. Menor es la sorpresa respecto a la escenografía, ya que el lugar elegido para su demostración de fuerza es un mensaje en sí mismo: en Vistalegre grajeó su sólida mayoría el ‘zapaterismo’ tras años de travesía en el desierto, y ahí también echó a volar Podemos con un claro mensaje enviado a los socialistas acerca de quiénes eran los ‘herederos’ de la izquierda popular. A diferencia de ellos Vox no pelea por la izquierda, pero sí lo hace por sus votantes: la derecha más escorada, a la que se suele ubicar por error en cierta élite social y económica, siempre se ha hecho fuerte con los votos del trabajador desencantado y de las clases populares más humildes. 

Ahí es donde encaja el discurso de Vox, que plantea el final del Estado autonómico mediante la recentralización radical o la expulsión masiva de inmigrantes -ilegales o no-. Todo ello, salpicado de una retórica efectista aprovechando los aún latentes efectos de la crisis, el notorio nacionalismo patrio al hilo de lo de Cataluña, la reacción airada en ciertos sectores por la exhumación de Franco y la descomposición del PP tras su caída en desgracia por culpa de la corrupción.

La pregunta es hasta dónde puede llegar su fuerza una vez iniciada la carrera. Su mayor ventaja es precisamente que la derecha española se vea sumida por primera vez en una guerra abierta entre Ciudadanos y el PP, pero la duda radica en saber si podrá aprovechar esas aguas revueltas para pescar apoyos. Los de Rivera supieron llevarse a los jóvenes, y en los últimos tiempos los de Rajoy acabaron enfadando a los pensionistas. El voto rural, la gran base del triángulo electoral conservador, es el que mantiene de momento la ventaja en las filas populares.

Y es que en su día el PP supo atraer a formaciones de centro -casi todos los caídos de UCD fueron a parar a sus filas- y descabalgar a la derecha más escorada. El resultado: llevar décadas siendo el partido hegemónico en ese amplísimo espectro. Tanto es así que desde 1982 ningún partido ultraderechista ha vuelto a pisar el Congreso, y aún hoy las ‘fugas’ de votos del PP se detectan sólo hacia el centro y no hacia la derecha. Y eso era así porque -hasta ahora- no había nada más a la derecha del PP, con todo el juego que eso pueda dar para los argumentarios.

La modernización de la derecha europea

En su resistencia a la derecha extrema España ha sido casi una isla respecto al panorama europeo. Ahora mismo la derecha nacionalista gobierna en Italia, Austria, Hungría o Polonia, y es determinante en países como Suiza, Suecia o Finlandia. Sin embargo, se ha mantenido como residual en nuestro país a pesar del enorme impacto de la crisis y de la presión migratoria, mucho mayor que en los países del norte.

La explicación hasta ahora siempre había sido sociológica: igual que en los territorios exsoviéticos resulta complicado que un partido comunista suscite grandes apoyos, en un país que vivió sometido a una dictadura militar se tiende a huir del voto radical. Sin embargo, expertos como Xavier Casals han apuntado reiteradamente a otro factor como explicación de esa falta de enganche con el votante: la extrema derecha europea se ha modernizado, mientras que la española sigue igual de tradicionalista.

La atención mediática quizá sea la primera piedra de un camino durante mucho tiempo olvidado

En ese sentido, un líder homosexual, ateo y liberal sería más que normal en muchas de esas formaciones foráneas -no en todas-, mientras que en las españolas el perfil sigue fuertemente vinculado a la tradición religiosa y militar tan recurrente desde el Franquismo. Y eso al votante medio aún le sigue provocando rechazo.

Por todos esos factores resulta complicado augurar que un partido de extrema derecha tradicional pueda emerger y volverse realmente relevante en el panorama nacional, y más en el contexto de mayorías repartidas actual. Sin embargo el primer paso ya lo han dado: su aldabonazo en Vistalegre y la preexistencia de ciertos grupúsculos en algunas zonas del país pueden allanarles el camino. La atención mediática quizá sea la primera piedra de un camino durante mucho tiempo olvidado.