«La honestidad me obliga deciros que ya no soy socialista», espetó Emmanuel Macron, ahora flamante nuevo presidente de Francia, en el acto en el que presentaba su propio proyecto. Por aquel entonces acababa de salir del acomodado hueco que le habían hecho en el Partido Socialista para lanzarse a su aventura: prefería arriesgarse a montar algo por su cuenta antes que competir en las primarias de la formación. A juzgar por el resultado, la cosa no le ha ido mal.
El gesto de Macron aquel día no era casual. Quería situarse en el centro del tablero ideológico, y lo primero que tenía que hacer era renegar de su pasado inmediato de una forma que le permitiera atraer a los del lado contrario. Es algo muy arriesgado que otros han intentado antes y casi nadie ha conseguido. Claro está que no tenían su carisma, ni quizá el resto de partidos tenían candidatos como los de las elecciones francesas.
En la atemperada Europa contemporánea, el eje ideológico más común dejó hace tiempo de estar entre derecha e izquierda para pasar a ser entre democristianos y socialdemócratas. Los primeros, teóricamente más conservadores en lo social y político y más liberales en lo económico; los segundos, algo más progresistas en lo social y político y más sociales en lo económico. Pero de todo eso queda poco. La crisis -y sobre todo sus consecuencias- han cambiado el eje de forma drástica, pasando a ser un ‘sistema-antisistema’.
Cambiaron los ejes
Lo que pasa es que el ‘sistema’ ya no es la democracia cristiana, sino quienquiera que sea capaz de conservar las cosas como están (en lo organizativo), se llame Mariano Rajoy, Emmanuel Macron o Matteo Renzi. Enfrente, en ese ‘antisistema’ cabe de todo: desde las propuestas más escoradas de la nueva izquierda europea (Tsipras, Iglesias, Corbyn) hasta el populismo nacionalista más encendido (Trump, Le Pen, Wilders) sin que tengan nada más en común que su oposición al devenir de los acontecimientos políticos.
Que esa pequeña ventana de progresismo europeo está en crisis no es nuevo. El PASOK griego fue el primero en evidenciar que, en una situación límite (crisis, inmigración, austeridad) el esquema tradicional de partidos salta por los aires. Tan profundo ha sido el terremoto que el debate se ha vuelto hasta ‘mainstream’: ya han tratado el tema The Economist, Foreign Affairs o The Guardian, por citar sólo algunas de las más sesudas publicaciones del continente.
En Europa el derrumbe en votos ha sido impropio de partidos de Gobierno, teóricamente fuertes, estables y -quizá ahí está el problema- ‘sistematizados’.
La fábrica de candidatos centristas
Los motivos de la crisis son muchos, además de esa ‘sistematización’: la falta de respuestas (cuando no complicidad con la austeridad) ante la crisis, la demanda de una defensa contra lo que se percibe como el ‘liberalismo’, la creciente masa de jóvenes olvidados por la crisis y, en consecuencia, la cristalización de cada vez más ‘huérfanos’ de partido.
Los socialdemócratas -o algunos de ellos- se dedicaron en los últimos años a apostar por la idea de la ‘tercera vía’, una especie de fusión entre dos mundos (liberalismo y socialdemocracia) que supone la sublimación de la ideología de sistema. Los primeros ensayos -con Tony Blair a la cabeza en la historia reciente- no funcionaron, pero los últimos parecen ir mejor: los Obama, Macron o Trudeau, con todas sus diferencias internas, calan.
Son jóvenes, con oratoria potente, buena presencia y magnetismo, a caballo entre conservadores y progresistas, sin soliviantar a unos ni desencantar a otros. En cualquier otro momento su opción sería un riesgo -el centro es, por definición, un ‘no-lugar’-, pero ahora encajan. Hubo quienes llegaron demasiado pronto -¿Nick Clegg?- y otros que van tardíos -¿Rivera?-, pero la escuela está creada.
Arrinconados en el nuevo escenario
En tiempos de crisis -económica, democrática, de modelo- Europa parece pensar que sólo hay sitio para bloques enfrentados: a un lado la fábrica de candidatos centristas, y al otro el discurso populista o nacionalista. Y en esa lógica la socialdemocracia desaparece, señalada como culpable en muchos territorios por la gestión de la crisis.
Paradójicamente, esos nuevos espacios de centro intentan levantar la bandera socialdemócrata, quizá como para aprovecharse de su caída en desgracia invocando a sus votantes. En España, por ejemplo, UPyD, Ciudadanos (al principio) o Ahora (la plataforma de exUPyD) se han definido como socialdemócratas, al tiempo que discutían dicha denominación para el Partido Socialista.
Con todo, parece una palabra maldita: de herencia complicada, sin predicamento entre los jóvenes y con un votante cabreado. No es un panorama peor que el que había en 1949, cuando se hablaba del ‘renacimiento de la socialdemocracia’, pero queda la duda de si podrá sobrevivir en medio de la tormenta para poder intentar un ¿segundo? renacimiento… o si será demasiado tarde.