Iñigo Urkullu y Artur Mas, líderes de PNV y CiU (Fuente: Agencia EFE)
Iñigo Urkullu y Artur Mas, líderes de PNV y CiU (Fuente: Agencia EFE)

Soberanismo en España: por qué Cataluña y País Vasco no se pueden comparar

Hablar de nacionalismo en España es, en gran medida, hablar de Cataluña y el País Vasco. Sin embargo, y a pesar de ciertas cuestiones pasadas comparables, son más las diferencias que separan ambas sensibilidades que las similitudes que las unen.

 

El ‘procés’ soberanista catalán ha retrotraído a muchos a los tiempos del llamado ‘Plan Ibarretxe’ en el País Vasco. Sin embargo, y a pesar de que hay lazos de hermandad o sintonía política entre las formaciones políticas que promovieron ambos movimientos, son dos eventos diferentes, que se dan en momentos diferentes y que difícilmente pueden llegar a converger. Estos son los motivos.

A pesar de que ETA abandonó su actividad armada hace cuatro años, y que ya antes había dejado de atentar, la sombra de su actividad ha condicionado el desarrollo político vasco. De hecho, uno de los principales actores, y principal puntal del soberanismo, ha estado casi diez años fuera de las urnas. Eso propició, por ejemplo, que socialistas y populares sumaran lo suficiente como abrir un breve periodo de gobierno no nacionalista a los mandos de Patxi López.

El rechazo al soberanismo fuera de ambas regiones es similar, pero en el caso vasco hay un obstáculo añadido precisamente por esa sombra: determinada parte del espectro político nacional sigue viendo a la izquierda abertzale manchada por la violencia de ETA, y eso, desde su visión política, les inhabilita como interlocutores.

Un claro ejemplo fue el desarrollo del Plan Ibarretxe. El lehendakari inició su mandato poco antes de la firma del Pacto de Lizarra, que fue visto por las fuerzas nacionales como un acuerdo nacionalista excluyente. Su fracaso hizo que ETA iniciara una campaña especialmente cruda, con el asesinato un año después de Fernando Buesa, exvicelehendakari socialista, y su escolta. En las calles confluyeron dos manifestaciones, una contra el atentado y pidiendo la dimisión de Ibarretxe porque su investidura había recibido el apoyo de Euskal Herritarrok, y otra defendiendo a Ibarretxe de lo que se interpretó como una injerencia desde Madrid.

Con el tiempo Ibarretxe sería el lehendakari con la mayoría absoluta más abultada, beneficiado por ese clima de confrontación, agravado por la ilegalización de Batasuna y sus marcas. Y fue entonces cuando puso en marcha su proyecto, respaldado de forma casi unánime por el Parlamento Vasco

Momentos políticos diferentes

El ‘procés’ soberanista catalán se maneja en otro contexto, carente de violencia que manche a sus protagonistas, pero con la sombra de la crisis económica y la corrupción como argumentos de fondo. El Plan Ibarretxe se envió al Congreso bajo gobierno socialista, que mostró su rechazo pero tendió puentes para el diálogo, mientras que el ‘procés’ está siendo especialmente convulso porque en Moncloa hay un gobierno popular que ni siquiera ha promovido gesto alguno de acercamiento.

Zapatero reabrió el melón de las reformas estatutarias, lo que entonces calmó en incipiente (y minoritario) soberanismo catalán de la época, mientras que Rajoy llevó dichas reformas a los tribunales.

El desarrollo de este tipo de conflictos territoriales se ve muy condicionado, por tanto, no sólo por quién es el dirigente de cada región, sino también por quién es el inquilino de la Moncloa y cuál es su actitud ante la situación.

El nudo político de CiU y PNV

Desde siempre ha existido un fuerte lazo de hermandad política entre CiU y el PNV: ambos partidos tradicionales, conservadores, acomodados, representantes de un extracto social próspero y poco dado a algaradas radicales, aunque a la vez defensores de las singularidades de sus territorios. Lo que en su día se llegó a conocer como el «nacionalismo moderado», que hacía posible que uno pactara con el PP de Aznar (CiU en aquel acuerdo del Majestic) y otro con el PSOE (como el gobierno en coalición de Ardanza y Buesa), acuerdos que tenían su eco en el Congreso de cara a votaciones conjuntas.

Sin embargo, el ‘procés’ de Artur Mas no sólo dinamitó la coalición de CiU, sino que expuso a Convergència a una carrera en solitario a la que no se han sumado desde la lehendakaritza jetzale. Desde el entorno nacionalista vasco perciben con sorpresa los términos y formas de sus ‘hermanos’ políticos, que plantean el ‘procés’ de forma unilateral (algo jamás hecho por el PNV) y con gestos evidentes de ruptura.

No se puede decir que se haya roto la relación, porque no es cierto, pero sí que hay cierta distancia en los planteamientos y formas. De lo contrario, desde una visión estratégica, podría haberse iniciado una campaña similar desde el gobierno vasco, poniendo en aprietos al Gobierno central. No obstante, se ha optado por esperar y observar, y eso es sintomático.

La equivalencia desigual de la izquierda

Los compañeros de viaje en Cataluña son dos formaciones simétricas en lo político: Convergència es ahora una formación soberanista y conservadora, de la misma forma que Esquerra es una formación soberanista y de izquierda. Igual que la Convergència de ahora es más soberanista que la CiU de hace unos años, la Esquerra actual es menos radical en sus propuestas que aquella que levantaron Josep Lluis Carod Rovira, Joan Ridao o Joan Puigcercós.

Es cierto que esa ERC más ‘radical’ pudo pactar un gobierno con los socialistas, pero también es cierto que la ERC actual ha unido sus siglas a las de CDC. El salto, aunque se base en el eje político nacionalista – no nacionalista, no deja de ser enorme en el eje izquierda-derecha.

También habría equivalencias en esa parte conservadora entre Cataluña y País Vasco: la Convergència de ahora, aunque es más soberanista que el PNV actual, sería homologable a aquel PNV de Ibarretxe y Joseba Egibar. Donde no la habría es a la izquierda.

Para poner en marcha un proceso similar al catalán en el País Vasco haría falta un acuerdo PNV-Sortu, y la distancia ideológica y social entre ambos es demasiado grande para ellos. En ese sentido, Sortu no es comparable, en cuanto a posiciones políticas, a Esquerra. De hecho, la comparación más acertada sería la de Sortu con las CUP: su origen es distinto, su pasado también, pero su concepción de izquierda radical y su naturaleza radical es mucho más asimilable. Y son precisamente las CUP las que bloquean un acuerdo con Convergència, de la misma forma que posiblemente haría el sector más duro de Sortu con el PNV actual.

El frente no común

En el momento actual, con la izquierda abertzale normalizada dentro del sistema político aunque para muchas formaciones políticas la sombra de la violencia de ETA esté demasiado cercana en el tiempo, el debate en el País Vasco no es el del soberanismo. Lo es, claro, para Sortu, pero no está en la agenda de la misma forma que lo ha puesto Convergència.

Hay algo que el entorno de Artur Mas ha sabido hacer bien a lo largo de estos años: la construcción de la campaña soberanista desde la sociedad. Desde cadenas humanas a votaciones consultivas, pasando por manifestaciones multitudinarias y gestos políticos. Eso, además de darle visibilidad al proceso, ha tenido un efecto cohesionador que ha permitido que diversas personalidades políticas de otras formaciones y plataformas se unieran. Así, desde Raül Romeva de Iniciativa hasta el exsocialista Ernest Maragall, han mostrado su apoyo a la lista del president. Y, con ellos, representantes civiles como Muriel Casals o Carme Forcadell o personalidades independientes como Josep Guardiola.

Ese efecto cohesionador y transversal más allá de las siglas y la vida políticas es algo que la izquierda abertzale no ha conseguido -más bien al contrario-, y que se antoja necesario en un proceso que requiere sumar una mayoría tan grande para poder ser relevante.

El tacticismo

En este esquema tan complejo todos los protagonistas juegan sus propias partidas internas.

Convergència se aferra al liderazgo de su candidato, a pesar de que eso impida tener el apoyo de las CUP, porque de lo contrario podría leerse como un fracaso del proceso y colocaría a la formación, despejado el debate soberanista, ante el espejo de la corrupción y la pérdida del arraigo político que tenía dentro de CiU.

Esquerra, por su parte, se debate entre prolongar o no la aventura conjunta en las elecciones generales, o si opta por acercarse a una formación menos poderosa pero más cercana como puede ser las CUP.

Mientras, en el País Vasco, el PNV aguarda y observa, más concentrado en su batalla interna para no perder la cómoda primacía en el nacionalismo vasquista de la que ha disfrutado durante décadas. La vuelta a las instituciones de la izquierda abertzale y el fin de la violencia de ETA obliga a reconfigurar el tablero político, y eso amenaza sus posibilidades.

La izquierda abertzale, por su parte, también se bate en varios duelos. Por una parte, para intentar despojarse del pasado y ser percibida como una fuerza política más, sin por ello perder su idiosincrasia. A la vez, se dirime entre el aperturismo hacia posibles nuevos electores y la amenaza -ahora menor- de que algunos de sus apoyos en las últimas elecciones autonómicas viren hacia posiciones radicales en lo ideológico pero no en lo nacionalista, como podría ser Podemos.

El futuro

Todos estos puntos llevan a la lectura de que ambos procesos, por su desarrollo, sus características, sus momentos, sus actores y sus orígenes no son comparables. Ahora bien, en un escenario de confrontación con Madrid, ambas llamas podrían prender al mismo tiempo. O, por el contrario, en un escenario en que Moncloa tuviera un inquilino dispuesto a abordar una reforma Constitucional o incluso territorial, podría reconfigurar el proceso.

En cualquier caso, y además de lo que pase en las generales, la capacidad integradora del gobierno catalán (quizá con otro candidato y sumándose a las CUP), la existencia inédita de un gobierno abertzale navarro y los pasos finales hacia la disolución de ETA podrían propiciar escenarios favorables a algunas reivindicaciones o gestos. Y, quién sabe, que de una u otra forma ambos conflictos territoriales confluyan en un único foco caliente para un gobierno venidero.