En la misma sala en la que le defenestraron, siete meses después y con sonrisa de oreja a oreja. La misma camisa blanca, la misma percha telegénica. La gente ha vuelto a aclamar a un Pedro Sánchez que, puño en alto y ‘La Internacional’ en la garganta, se convierte en el enésimo superviviente político inesperado -junto a Mariano Rajoy, Esperanza Aguirre y tantos otros improbables-. Él ha ganado, y lo ha hecho contra todo pronóstico y sin ser el mejor candidato -si es que alguno era el óptimo-.
Si alguien ha seguido las primarias del PSOE leyendo lo que los analistas y los medios contábamos no debe dar crédito. Nos equivocamos los que dábamos por descontado que el aparato socialista impondría su voluntad y que Susana Díaz, impopular por fuera pero blindada por dentro, disfrutaría de un paseo militar en su asalto a Ferraz. No es sólo que el establishment de los partidos haya acabado por estar desconectado de sus bases, es que medios y periodistas les vamos a la zaga y -además- hemos perdido indiscutiblemente cualquier capacidad de influencia que alguna vez hayamos querido tener.
El gran titular es que Pedro Sánchez ha ganado las primarias, y luego vienen los apellidos: «al aparato», «al establishment», «al sistema». Pero hay dos ideas por debajo de ese titular que dan idea del tamaño de la victoria lograda por el -de nuevo- secretario general: ha conseguido más de la mitad de los votos con un 92% de participación y ha ganado en todas las autonomías salvo en las dos de sus rivales.
El PSOE no plantea las primarias como una elección entre compañeros contra un enemigo común, sino como una lucha fratricida
Al otro lado, la derrotada: Susana Díaz ha sumado menos votos que avales, lo cual da una idea de cómo se logran los avales en el partido. El papelón para no pocos barones socialistas -mención especial a los exsanchistas Francina Armengol y Antonio Hernando- es de libro. Junto a Díaz fracasan, además, todas las viejas glorias socialistas que le brindaron su apoyo -González, Guerra, Zapatero, Rubalcaba- y algunos jóvenes que hicieron de tripas corazón contra el triunfador -Eduardo Madina especialmente-. Pedro Sánchez ha ganado contra viento y marea, y ahora le toca ajustar cuentas.
Lecturas, además de las anteriores, hay muchas. Una es la total disociación entre bases y cúpula del partido. Otra es que el PSOE ha dejado de ser eminentemente andaluz. Y otra, que quizá marque el devenir de la política nacional en los próximos meses, es que el PSOE es un modelo de democracia de partido… pero que sigue sin encontrar una forma de dar la voz a sus militantes sin que eso suponga desgajarse en bandos. Porque, como salta a la vista, el PSOE no plantea las primarias como una elección entre compañeros contra un enemigo común, sino como una lucha fratricida que acaba debilitando en lugar de fortalecer.
Las incertezas
Ahora que el resultado que nadie esperaba se ha confirmado queda por saber qué pasará (y visto el nivel de acierto general, casi mejor no augurar nada). Para empezar hay algo que -parece- obvio, que es que el partido está roto. Tras la intervención de Sánchez en Ferraz (que no acogía a tanta gente desde Zapatero, y eso es mucho decir) la gente gritaba «unidad, unidad», que es exactamente lo mismo que gritaba la gente de Podemos cuando Iglesias arrasó a Errejón. Que cada cual saque sus conclusiones.
Es difícil saber cómo será el día después porque de los tres contenientes sólo uno -el peor clasificado- tiene acta de diputado: Susana Díaz nunca se ha presentado a unos comicios generales -y apenas a unos andaluces- y Pedro Sánchez renunció a su acta en cuanto le defenestraron. Sólo Patxi López, por tanto, goza de atril desde el que dirigirse a los medios y a los votantes… y quién sabe si eso provocará que Sánchez, enmascarándolo en un intento de integración para unificar al partido, lo aproveche para designarle como portavoz y como su hombre en el Congreso. No sería la primera (ni la segunda) vez que López consigue un cargo de importancia mediante pactos complicados.
También es difícil saber qué pasará con el bando perdedor. La gran mayoría de los barones autonómicos dieron su apoyo a la derrotada -algunos con el ahínco de Javier Lambán en Aragón-, y de ellos unos pocos conservarán de momento un peso importante en el partido -como Ximo Puig desde la Comunidad Valenciana o Javier Fernández, dirigente de la gestora, desde Asturias-. La mayoría, sin embargo, dependen de Podemos y derivados en sus autonomías.
Hay otra pregunta clave además de estas, aunque en este caso no se refiera a los ‘cuadros’ altos, sino a los bajos: ¿a quién votarán en las generales quienes defendían la candidatura de Susana Díaz?
A decir verdad, todos los partidos salen beneficiados de lo sucedido. El PSOE porque se verá reimpulsado en las encuestas (las bondades de acaparar presencia en medios y retomar la iniciativa política). Ciudadanos porque quizá muchos ‘susanistas’ prefieran mirar hacia su opción política vecina antes que a la propia. El PP porque a río revuelto ganancia de pescadores -el refrán favorito de Mariano Rajoy desde hace más de diez años-.
También gana Podemos (aunque tenga ahora un enemigo al que temer), que de pronto se encuentra con que su moción de censura cobra más sentido. Parece improbable que Pedro Sánchez mueva ahora al PSOE a apoyarla -especialmente porque Iglesias es el candidato alternativo-, pero sí es cierto que su victoria augura mayores aprietos para el PP y quién sabe si mayores sinergias con Podemos.
El PSOE ha dejado de ser predecible, andaluz, obediente y tutelado por medios y veteranos
La última de tantas claves es ahora la legislatura: con un PSOE que vuelve al ‘no es no’ ya casi por contrato, el PP puede verse abocado a acortar la legislatura si sus equilibrios entre Ciudadanos y nacionalistas acaban implosionando.
Entre tanto interrogante, una sola certeza (y ya puestos, ni siquiera). Tras dos primarias ganadas y más de diez puntos de distancia sobre la favorita de la nobleza socialista, Pedro Sánchez será el secretario general del PSOE durante mucho tiempo. O al menos hasta la siguiente crisis del socialismo patrio, que igual puede estar a la vuelta de la esquina viendo cómo suelen elaborar sus propios guiones internos.
El PSOE ha dejado de ser predecible, andaluz, obediente y tutelado por medios y veteranos. La cuestión es si será capaz de sobrevivir a ese parto o se quedará por el camino.