Ciudadanos es el partido más viejo de entre los nuevos partidos. Cuando nació no existía Vox, no existía Podemos y ni siquiera existía UPyD. Suele pensarse que es al revés en este último caso, por aquello de que en las generales de 2008 Rosa Díez ya consiguió un escaño y apenas nadie había oído hablar de los de Albert Rivera. Sin embargo, él también era candidato por Madrid entonces, aunque apenas sumó un 0,18% de los votos.
Aquel mal resultado relegó a Ciudadanos (entonces Ciutadans) al olvido general. Era su primer intento fallido de dar el salto al ruedo nacional y no sería el último. Fue aquel en el que un Rivera menos seductor que el actual posaba desnudo en un cartel electoral que ha vuelto a aparecer de tanto en tanto para su disgusto.
Ciudadanos ha sido muchas cosas, pero sobre todo una: una auténtica balsa de aceite. Hasta ahora
Todo aquello sucedió dos años después de su primer triunfo: haber entrado con tres diputados en el Parlament de Cataluña, donde están desde el año 2006.
Es evidente que doce años no son muchos, aunque en la política actual parezcan una eternidad. Por eso sorprende que en la formación, que finalmente logró dar el salto nacional entre 2014 y 2015, no hubiera constancia de desencuentros internos. Al menos hasta hoy.
Ciudadanos ha sido muchas cosas, pero sobre todo una: una auténtica balsa de aceite. El motivo es que cada uno de sus pasos desde las europeas de 2014 ha sido un acierto en lo estratégico, y eso ha requerido de una extraordinaria política de comunicación y de -por qué no decirlo- algo de viento a favor.
Un crecimiento muy controlado
La base de todo ha sido Cataluña, donde su grupo parlamentario fue creciendo al socaire de la tensión soberanista. De los tres diputados de 2006 pasaron a convertirse en líderes de la oposición en 2018. Y todo gracias a dos cuestiones clave: primero que el PP catalán se vio hundido por la gestión del PP nacional, y segundo -y fundamental- que las dos principales formaciones regionales decidieron concurrir bajo una única marca.
El salto nacional llegó finalmente con las europeas de 2014, donde lograron dos eurodiputados. Su éxito pareció menor porque Podemos arrastró la atención de los medios con sus cinco escaños sin apenas haberse constituido como partido. Sin embargo, el fenómeno naranja fue creciendo: meses después lograrían nueve diputados en Andalucía -un hito para un partido catalán- y pasaron a desarrollar una ambiciosa estrategia de crecimiento bautizada como ‘Movimiento Ciudadano’.
Todo aquello hizo que Ciutadans pasara a ser Ciudadanos. Absorbieron multitud de formaciones regionales de centro, a la vez que atrajeron simpatías de antiguos votantes de CDS y UCD. Los críticos de PP y PSOE empezaron a prestarles atención y los cimientos de UPyD se resquebrajaron con su irrupción. En pocos meses multiplicaron su presencia y dispararon su tamaño.
Controlaron las nuevas incorporaciones para evitar que sus incipientes estructuras se desestabilizaran. Sacrificaron crecer más por no arriesgarse a morir de éxito
Aquel proceso era, sin embargo, una trampa mortal. El descalabro de la formación de Rosa Díez y la estampida de muchos de sus cuadros medios supuso un reto al que Ciudadanos supo plantar cara: controlaron las nuevas incorporaciones para evitar que sus incipientes estructuras se desestabilizaran. Sacrificaron crecer más por no arriesgarse a morir de éxito.
Con todo llegaron las generales de 2015 y 2016, en las que no lograron el resultado esperado. El PP aún se mostraba fuerte, sobre todo ante la debilidad del PSOE y la pujanza de Podemos. De la misma forma que en Cataluña las circunstancias les habían sonreído, la cosa se había puesto más complicada en el contexto nacional.
Sin embargo, supieron mover sus cartas hábilmente, no sin acometer movimientos peligrosos: pactaron con los populares en regiones como la Comunidad de Madrid y con el PSOE en Andalucía, al tiempo que firmaron un acuerdo de Gobierno fallido con Pedro Sánchez y otro funcional con Mariano Rajoy. Nunca una cuarta fuerza fue tan influyente.
El año en que todo empezó a torcerse
Todo fue viento en popa durante los dos años siguientes: mientras formaciones como Podemos empezaban a ver cómo se aireaban sus graves problemas internos, ellos daban imagen de cohesión y crecimiento. Y el reguero de casos de corrupción del PP no hacía más que darles nuevos apoyos entre los conservadores moderados. Era el momento de dejar de pelear por el centro y pasar a disputar la guerra por la hegemonía de la derecha.
Fue un giro inesperado de los acontecimientos el que hizo que todo saltara por los aires. Al principio pudieron contemporizar con la caída de Cristina Cifuentes, pero finalmente la situación judicial del PP se volvió insostenible y el PSOE logró tumbar al Ejecutivo con una moción de censura para la historia. A los de Albert Rivera aquello no les vino bien: necesitaban las urnas, porque sabían que si los socialistas daban un golpe de efecto como ese toda su estrategia de expansión podía tambalearse, como finalmente sucedió. Desde entonces los sondeos vienen mostrando una caída continuada en su intención de voto.
Han llegado al punto de oponerse a medidas del PSOE que ellos mismos defendían, como los permisos de paternidad
Quizá por eso, o quizá como consecuencia de eso, en los últimos tiempos se han ido sucediendo los cambios. El primero -anterior a la moción- no fue demasiado problemático: redefinieron su ideario para eliminar la palabra ‘socialdemócrata’ y subrayar su naturaleza ‘liberal’. Después, producto de su pelea con la derecha, empezaron a endurecer su discurso. No secundaron la moción de censura, quedándose en solitario junto al PP. Pactaron un Ejecutivo andaluz pasado por el tamiz del acuerdo de Juan Manuel Moreno Bonilla con Vox, aunque evitaran sentarse con ellos. Semanas después acabarían por hacerse la fotografía de Colón, demoledora en sus bases. Han llegado al punto de oponerse a medidas del PSOE que ellos mismos defendían, como los permisos de paternidad.
Todos esos pasos han ido tensando el ambiente interno, especialmente entre los más moderados. Hay incluso alguno de los fundadores, como el balear Xavier Pericay, que ha amenazado con abandonar la formación si se confirma que José Ramón Bauzá, expresidente autonómico con el PP contrario a la inmersión lingüística, desembarca en la formación naranja. La misma prudencia que la formación exhibió durante su crecimiento a la hora de incorporar a los huidos del colapso de UPyD ha dado paso a la precipitación.
Otro de los puntos de fricción reciente: la acelerada política de ‘fichajes’ de la formación, más parecida a un casting que a una presentación de candidatos
Y es que ese ha sido otro de los puntos de fricción reciente: la acelerada política de ‘fichajes’ de la formación, más parecida a un casting que a una presentación de candidatos. Es cierto que es marca de la casa integrar a independientes -Marta Rivera de la Cruz, por ejemplo-, pero ahora la tendencia se ha disparado: hay perfiles técnicos que encajan, como María Muñoz por Valencia o Aurora Nacarino por Burgos, pero otros nombres como Marcos de Quinto o Edmundo Bal, de profunda carga ideológica, han resultado más controvertidos. El problema mayor, sin embargo, está en los ‘fichajes’ llegados de otras formaciones, como el citado Bauzá o los exsocialistas Joan Mesquida y Soraya Rodríguez.
El caso más sonoro ha sido sin duda el de Silvia Clemente, que en apenas unos días pasó de ser una de las líderes del PP en Castilla y León a convertirse en la señalada por el aparato de Ciudadanos para ser su candidata. Muy distinto fue lo que se hizo en su día con Ignacio Prendes en Asturias o con Toni Cantó en la Comunidad Valenciana: para ambos hubo un proceso de transición, aunque fuera breve, y una votación en primarias previa aceptación de las bases regionales. No ha sido el caso.
Lo de Clemente ha expuesto al partido a su primera gran crisis, ya que ha puesto de manifiesto que hay una disonancia importante entre lo que dicta el aparato -ella era la elegida- y lo que quieren las bases -que se pusieron del lado de Francisco Igea, muy valorado en la formación-. Y todo se ha agravado por dos hechos de mayor importancia: que un peso pesado como Luis Garicano se alinerara con Igea y que se detectara una manipulación de los resultados de las primarias en favor de Clemente.
Lo sucedido ha provocado que otras regiones en las que se han celebrado primarias hayan solicitado una revisión de los resultados. Sospechan que la cúpula del partido pueda haber manipulado los datos para conseguir que salieran elegidos los candidatos que ellos querían. La sangre de momento no ha llegado al río -la celebración de Garicano fue clara, pero comedida-, pero podría llegar si acabaran por confirmarse las sospechas.
A la luz de las críticas surgidas resulta difícil entender cómo una formación que durante doce años manejó los tiempos y la comunicación de forma magistral haya pasado a tener tantos deslices en tan poco tiempo. Hasta la fecha el único incidente había sido algún escándalo puntual en algún ayuntamiento, o la poco importante discrepancia de mandos intermedios -como los valencianos Carolina Punset y Alexis Marí- y simpatizantes -como Manuel Conthe-. Hasta el desembarco de la muy popular Inés Arrimadas en las listas para el Congreso ha pasado desapercibido. Ciudadanos ya es un partido como los demás.