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Cada país es un mundo en cuestión de pactos políticos: los hay donde son imposibles por el propio sistema, como EEUU o Francia, o donde son una cuestión cultural, como en Alemania. En España llevamos unos años transitando esa senda aunque en zonas como Cataluña ya tienen alguna experiencia previa. Y la convivencia nunca es fácil.
A veces no ser nacionalista es otra forma de ser nacionalista sin darte cuenta.
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Ya no hay políticos brillantes, sino estrategias determinantes. Al menos es lo que sugieren las crónicas políticas, que en los últimos años han ido elevando a los asesores de los mandatarios hasta hacerles responsables de sus grandes éxitos o fracasos. Pero, ¿es real su capacidad de influencia?
La política es atención. Y en ocasiones, aunque sea justo con la intención contraria, criticar al rival contribuye a ayudarle dándole mayor visibilidad.
En mitad de la crispación destaca el entendimiento. Y la sobreatención mediática al conflicto hace que ese entendimiento a veces tenga lugar fuera del foco, allí donde puede pasar inadvertido.
Igual que se asume que en todos los partidos políticos conviven varias almas en tensión, sucede lo mismo en la izquierda abertzale. No todos comparten exactamente los mismos medios y estrategias para lograr sus objetivos.
La debacle electoral de Ciudadanos tras su deriva hacia la derecha sigue lastrando su futuro. En una encrucijada por su propia supervivencia, Inés Arrimadas, la nueva líder de la formación, tiene en la moderación algo más que una opción: quizá sea su única posibilidad de redención.
El nacionalismo es en política lo que la fuerza contra una pared en Física: provoca respuestas que empujan en sentido contrario. Así, lo contrario al nacionalismo no es otra cosa que un nacionalismo distinto.
La fórmula del liderazgo telegénico empieza a agotarse, y eso ha lastrado las posibilidades de Más País. Sin embargo no es ese el único motivo, y posiblemente tampoco el principal. Sencillamente, el voto no puede seguir fragmentándose en opciones políticas infinitas.