Cuando Arnaldo Otegi ingresó en prisión Cataluña y Euskadi eran socialistas. Incluso España lo era. De hecho, Zapatero aún no había empezado a enfrentarse a dificultades: no habían llegado los recortes, ni su polémica reforma laboral, ni la huelga general. Nadie hablaba de refugiados sirios, de Podemos, de Syriza o de Donald Trump. Guardiola entrenaba al Barça y España aún no había ganado el Mundial.
Por aquel entonces Alfredo Pérez Rubalcaba era ministro del Interior, pero no era ni vicepresidente del Gobierno. ETA estaba activa y aún guardaba una última bala, la que cinco meses después acabaría con su última víctima, esta vez al sur de Francia.
No sería esa muerte, la de Jean-Serge Nérin, la que marcaría la trayectoria de Otegi. Posiblemente fueron los de Diego Armando Estacio y Carlos Alonso Palate cuatro años antes, los dos ecuatorianos que murieron por las bombas que ETA puso en el aparcamiento de la T4 mientras él estaba sentado negociando con el entonces presidente del socialismo vasco, Jesús Eguiguren. Aquel fue el penúltimo intento, el último fallido. Finalmente, con Otegi en la cárcel, ETA dejó las armas del todo. Y, según la izquierda abertzale y el propio líder socialista, sin Otegi eso nunca hubiera sucedido.
En estos 2.328 días que el líder del brazo político abertzale ha pasado en la cárcel casi todo ha cambiado. De hecho, él estaba en la cárcel por haber intentado volver a crear un partido de izquierda abertzale, y apenas unos meses después de entrar en prisión ese proyecto se materializó: en mayo EH Bildu se convirtió en la segunda fuerza de Euskadi, logrando la alcaldía de San Sebastián y la presidencia de la Diputación de Gipuzkoa. En noviembre Amaiur entraba en las Cortes con siete diputados y tres senadores tras haber pasado décadas fuera de ellas desde que la ultraderecha asesinara a tiros en las puertas del Congreso a Josu Muguruza en los ’80.
Sin embargo, aunque lo que él intentaba hacer ya era legal, Otegi siguió en la cárcel. Hasta el juez que le mandó ahí aquel 16 de octubre de 2009 junto con otros representantes de la izquierda abertzale dijo que no tenía sentido que fuera así. Fue en una entrevista reciente, en febrero.
Con el tiempo Baltasar Garzón dejaría de ser juez al ser inhabilitado. Personalidades como Desmond Tutu o Adolfo Pérez Esquivel firmarían peticiones para que fuera liberado. Políticos como Joan Tardà o el propio Jesús Eguiguren le visitarían en la cárcel, visibilizando su apoyo a su puesta en libertad. Sortu acabó siendo legal y él siendo proclamado en ausencia secretario general de la formación. En aquel acto fundacional se emitió una grabación con la voz de Otegi filtrada desde la cárcel, algo que le supuso un endurecimiento de sus condiciones ahí dentro.
El mayor cambio que verá Otegi al salir de la cárcel será no ya que ETA no esté, porque cuando él entró ETA ya estaba dejando de estar. Será que la sociedad ha aprendido a vivir sin ETA y que el debate político ya se lleva a cabo en otros términos. La izquierda abertzale no sólo es legal, sino que está en Madrid sin mayores problemas. Es todo tan normal que hasta ellos han sufrido el envite de Podemos y han pasado de los siete a los dos diputados tras un sonoro batacazo electoral que el histórico Sabino Cuadra achacó a que la formación había estado demasiado dentro de las instituciones y demasiado poco en las calles.
Lo que Otegi encontrará fuera es mucha más normalidad, una vez desaparecida la violencia. Y también encontrará muchísimos recelos, como destaca hasta The New York Times en un artículo tratando la liberación del abertzale. Durante estos seis años la izquierda abertzale se ha encargado de tejer con maestría toda una estrategia de marketing político alrededor de Otegi. El mismo portavoz al que muchos en su entorno denostaban se convirtió en el símbolo de lo que denunciaban: la prueba, para ellos, de que España encarcelaba a alguien que sólo quería hacer política.
Otegi, como recuerdan en estos días sus detractores, no siempre hizo política. En los albores de la democracia estuvo entre los que se resistieron a abandonar la violencia y fue condenado por su participación en un secuestro. Desde entonces se le han imputado varias supuestas actividades del estilo, pero ninguna ha sido probada. Pese a ello ha sido juzgado más de diez veces, y condenado en cuatro ocasiones.
Fue en 1997 cuando inició su periplo político de forma definitiva, tras el encarcelamiento de la cúpula de Herri Batasuna. El vacío provocó su ascenso a una portavocía de la que sólo le alejó la cárcel, y que ejerció incluso en boca de la propia ETA cuando salió a desmarcarse del atentado del 11M unas horas después de que tuviera lugar: «La izquierda abertzale no contempla ni como mera hipótesis que ETA esté detrás de lo ocurrido hoy en Madrid», dijo entonces.
No era el más carismático, ni el líder. Pero fue el que estuvo allí. Con el tiempo se convirtió no sólo en la voz, sino también en el representante. Él era la voz política en las negociaciones con Eguiguren, y se evidenció que era una voz muy distinta a la de ETA cuando decidieron atentar con la T4 con las conversaciones en marcha. Y ahí fue cuando todo empezó a cambiar. El contexto, el hecho de que ninguna otra organización similar superviviera en Europa, y el impacto social del islamismo acabaron por empujar a ETA a ceder a la izquierda abertzale el mando interno. Y el brazo político del soberanismo vasco optó por «vías exclusivamente políticas», como repiten en cada entrevista desde hace varios años.
Entonces el debate era otro: se hablaba de condena, de autocrítica y de rechazo a la violencia, cuestiones que aún costaban. Sin embargo, con el tiempo, sus resistencias internas, su liturgia y sus matices, acabó llegando. Otros destacados líderes abertzales como Joseba Permach hablarían tiempo después de que a la izquierda abertzale le faltó sensibilidad hacia las víctimas de ETA.
La normalidad empezó a fraguarse en pequeñas cosas como la presencia televisiva. Una entrevista como la de Jordi Évole, que le insistía en que condenara en tono humorístico, hubiera sido impensable años atrás.
La maquinaria de marketing de la izquierda abertzale y estos seis años en la cárcel le han acabado por convertir en símbolo. «El hombre de paz». «El Mandela vasco». El candidato a lehendakari ‘in pectore’ que llega al rescate de una marca electoral de capa caída, una vez integrada en la normalidad institucional española.
Durante años su propio hijo Hodei y sus simpatizantes se han encargado de visibilizar la situación de Otegi. Ahora, con su salida, empieza la precampaña para las inminentes elecciones vascas: saldrá de la cárcel para dar un discurso, y recibirá el homenaje multitudinario de los suyos en San Sebastián. Formalmente está inhabilitado para ser candidato, pero emocionalmente lo será. Y si no, si se lo impidieran, posiblemente no se haría sino ayudar a agrandar ese mito que llevan años construyendo.
Al otro lado, las organizaciones de víctimas y muchas voces políticas y mediáticas que recelan de alguien con su historial y de lo que representa.
Él, que no hace muchos años decía que el día en que los jóvenes vascos comieran hamburguesas, escucharan música americana y se conectaran a internet la vida no merecería ser vivida, saldrá a enfrentarse justo a ese mundo. Uno en el que hay hamburguesas, rock americano e internet. Y un partido legal de izquierda abertzale. Y una sociedad sin ETA. Y unas elecciones autonómicas a la vuelta de la esquina.