Este lunes Óscar Guardingo, ganador de las primarias de En Comú Podem, hacía pública su renuncia a concurrir en las listas de la formación para las generales. Aunque considera a Jaume Asens -el cabeza de lista- un hombre «íntegro y coherente», no comparte su proyecto. «No soy independentista», concretaba.
Tras casi ocho años de escalada soberanista en Cataluña ya no queda ideología en la que no existan tensiones internas por el debate nacionalista
Apenas una semana antes se conocía la confección de las listas de la antigua Convergència para la misma convocatoria electoral. En ellas no aparecían dos de sus figuras emergentes: la hasta ahora senadora Marta Pascal y quien fuera portavoz del grupo en el Congreso, Carles Campuzano. Ambos, muy conocidos en los mentideros madrileños, pagaban el precio de haber hecho posible el apoyo de su formación a la moción de censura de Pedro Sánchez contra la voluntad de Carles Puigdemont.
Son dos noticias opuestas en dos formaciones en las antípodas ideológicas, pero que muestran un problema común: tras casi ocho años de escalada soberanista en Cataluña ya no queda ideología en la que no existan tensiones internas por el debate nacionalista.
Podría decirse que todos los partidos del espectro catalán se mueven en un doble eje. Por una parte está el tradicional, el que divide las opciones entre izquierda y derecha. Por otra, uno de tipo identitario que completa el diagrama.
Esa duplicidad de ejes es la que ha permitido por ejemplo que Convergència y Esquerra hayan dejado de lado el abismo ideológico que les separa para enarbolar la enseña nacionalista. De esta forma Junts pel Sí ha sido el vivo ejemplo de elección de eje: una formación era tradicional y conservadora y la otra rupturista y de izquierdas, pero la pulsión soberanista de ambas sirvió como punto de encuentro y argamasa electoral.
Aliados en los enemigos y enemigos en los aliados
Así, a estas alturas de la partida existen dos almas en todas las corrientes ideológicas, y casi también en todos los partidos. Hasta el PP vivió en sus carnes ese desgarro cuando Alejo Vidal-Quadras, que años después entraría en Vox, dejó su cargo ante el acuerdo entre José María Aznar y Jordi Pujol a cambio de descabalgar a Felipe González de La Moncloa.
Al otro lado del espectro el PSC tuvo que enfrentarse a sí mismo para intentar definir su posición, que ha ido oscilando entre perfiles más y menos cercanos al nacionalismo -y por tanto más y menos cercanos a Madrid y Andalucía-. Así ha sido hasta que ha logrado encontrar un punto medio sin definición clara: incidir en la necesidad de reformar la Constitución y emprender un rediseño federal del Estado.
En una línea similar, ERC vivió su propia travesía en el desierto después de que Josep Lluís Carod Rovira se negara a firmar el Estatut que su formación ayudó a redactar porque lo consideraba insuficiente. Tras un icónico liderazgo, con el que se logró un fugaz retorno a las instituciones, Joan Puigcercós tomó el mando. Durante los apenas tres años que duró en el cargo tuvo que vivir las iras internas de su formación por lo que se consideró una particular forma de aproximarse a los socialistas a través de pactos.
Ni siquiera está en discusión la validez del proyecto soberanista, sino el posibilismo a la hora de dialogar con el Gobierno central sobre la forma de conseguir sus objetivos
En Podem la situación actual con Guardingo tampoco es nueva, pese a la juventud de la formación. Baste recordar la traumática salida de Albano Dante-Fachín hace año y medio, justo cuando sus posturas cercanas al soberanismo empezaban a ser un arma en manos de los enemigos de Pablo Iglesias en Madrid.
Tampoco es nuevo del todo lo sucedido en Convergència, que ya vivió hace cuatro años un simbólico divorcio con Unió porque su proyecto ya no era el mismo. Ahora ni siquiera está en discusión la validez del proyecto soberanista, sino el posibilismo a la hora de dialogar con el Gobierno central sobre la forma de conseguir sus objetivos. No es que Campuzano y Pascal no sean independentistas, es que no son rupturistas, y eso ha sido suficiente.
Hasta ha irrumpido el debate en ICV, posiblemente el brazo más moderado y constructivo de cuantos IU ha tenido a lo largo de los años. Algunos de sus cuadros medios dieron el paso de acercarse a formaciones civiles o políticas independentistas. Sin embargo, fue el salto de uno de sus líderes más carismáticos, el exeurodiputado Raül Romeva, el que acabó de hacer evidente la escisión. Otras figuras carismáticas de la formación, como los exdiputados Joan Herrera o Joan Coscubiela, se han mostrado contrarios a la forma en que se ha llevado a cabo el procés y han pedido tender puentes y retomar el diálogo.
Incluso en Ciudadanos, partido que ha hecho del antinacionalismo catalán su bandera, empiezan a aflorar visiones distintas del tema. La antigua líder de la formación en la Comunidad Valenciana abogó por dialogar con el soberanismo y llegó a visitar a Carles Puigdemont en Waterloo. Por su parte el balear Xavier Pericay, uno de los padres del partido, ha amenazado con dimitir si José Ramón Bauzá desembarca en sus filas con su animadversión a la inmersión lingüística en las escuelas como propuesta central.
Quizá la única formación en la que no se han percibido diferencias internas respecto a la cuestión identitaria hayan sido las CUP, aunque el motivo haya que buscarlo en otras cuestiones. En su caso, el punto principal de su ideario reside la naturaleza antisistémica del movimiento, de forma que la oposición frontal a la estructura establecida -en este caso, la territorial como forma de pertenencia a España- es norma preceptiva para sus miembros.
Y todo esto por no hablar del reguero de organizaciones cívicas, sindicatos y hasta antiguos miembros de un partido que han acabado saltando a otro precisamente por sus posturas en lo referente al soberanismo. Ernest Maragall, histórico dirigente socialista y hermano del expresident Pasqual Maragall, completó el año pasado su periplo desde que abandonó su formación para auspiciar una nueva marca independentista. Ahora es el candidato de Esquerra a la alcaldía de Barcelona, a la que ha definido como capital «de la República».