Santiago Abascal en un acto de Vox en 2014 (Fuente: Wikimedia Commons)
Santiago Abascal en un acto de Vox en 2014 (Fuente: Wikimedia Commons)

¿Existe hueco electoral a la derecha del PP?

En la política española han existido ciertos tabúes nominales: el PP se define como de centro, como mucho de centro-derecha, mientras sus rivales les ubican a la derecha. Entonces, ¿hay hueco más allá?

 

En la política española han existido ciertos tabúes nominales. A saber, que el PP no es de derechas, sino de «centro-derecha» y que el PSOE no es de izquierdas, sino de «centro-izquierda».

Esa amplitud de movimientos, como el defensa central que juega solo en su posición, ha permitido a ambos partidos bascular hacia un lado y otro en virtud de las circunstancias: unos pueden abolir el servicio militar obligatorio y privatizar bienes públicos, mientras los otros pueden aplicar la moratoria europea a ciudadanos búlgaros y rumanos y aprobar el matrimonio homosexual. El juego de la política exige movilidad, y los partidos han sabido manejarse en ella durante años.

Ese confuso espectro de «centro-derecha» no siempre fue patrimonio del PP. En los albores de la democracia, cuando el PP era AP y peleaba por arrastrar a la legalidad vigente a los desencantados nostálgicos del franquismo, la pugna era otra. Entonces, como herencia de una dictadura de derechas, el eje estaba más escorado: no era «centro-izquierda» contra «centro-derecha», sino izquierda -entonces encarnada por el PSOE- contra centro -entonces encarnado por la UCD-.

La rápida descomposición del partido de Adolfo Suárez tuvo dos consecuencias inmediatas: la madurez democrática española, al confirmarse que el sistema sobrevivía al partido -y al líder-, y el encaje de la vida política y social del país en ese nuevo esquema. Con el apaciguamiento del debate político el eje volvió a su sitio, se eliminaron los extremos y se quiso tender al centro como muestra de virtud: durante mucho tiempo ha sido el combate por los votantes «de centro» el que ha determinado la alternancia del poder.

En esa guerra política bipartidista, el combate se decantaba cuando uno de los contendientes lograba desplazar al otro hacia el rincón. Así, aquel PSOE en decadencia del principio de los 90 intentó señalar al PP como un partido de derechas con el tan recordado vídeo del doberman, al tiempo que el PP azuzaba el miedo a la izquierda cuando las tornas se cambiaron y el PSOE ocupaba la oposición.

Pero en la lenta pero inexorable madurez política patria han acabado por salir otros jugadores. Uno, Ciudadanos, entre ambos partidos ‘clásicos’, intentando ocupar ese ‘centro’ tantas veces disputado. Otro, Podemos, a la izquierda del PSOE, intentando usar el descontento de muchos como pegamento entre toda una galaxia de formaciones políticas y sociales muy de izquierda y muy poco de «centro-izquierda».

Ciudadanos y Podemos han venido a ocupar huecos en las intersecciones de la política, pero a la vez han desequilibrado el esquema, que de nuevo vuelve a estar descompensado hacia la izquierda: hay una formación de centro-derecha, una de centro, una de centro-izquierda y una de izquierda. Salta a la vista que falta otra para completar el esquema: una de derechas.

El éxito aglutinador del PP

Para responder a la pregunta de si cabe un partido a la derecha del PP hay que plantear antes cuánto hacia la derecha llega el PP. Porque si Podemos ha emergido y crecido a la izquierda del PSOE es porque, con la gestión de la crisis y sus consecuencias, los socialistas dejaron un hueco a su izquierda. Así lo evidencian políticas criticadas por sus propios votantes, tales como conceder indultos a banqueros, aplicar moratorias a inmigrantes, no suavizar la política territorial, participar en la política de austeridad y rescates y un largo etcétera.

En el bando contrario, parte del éxito histórico del PP ha consistido en saber aglutinar. Aprovechó la decadencia de UCD para absorber a gran parte de sus figuras, incluyendo al propio expresidente Suárez que, aunque es cierto que no se afilió al partido, acabó participando en actos públicos para apoyar a su hijo, que fue candidato autonómico. Muchos ‘ex’ de la UCD y del CDS acabaron en el PP, como muchos miembros destacados de otras formaciones regionales (desde Unió Valenciana hasta Unidad Alavesa, pasando por ‘marcas’ como UPN, el PAR o -más recientemente- Foro Asturias).

Con una política expansiva de ese tamaño, el PP ha hecho gala de esa ambivalencia de ‘centro’ y ‘derecha’. Y la convivencia -no siempre pacífica- de políticos liberales, conservadores en lo social, estamentos religiosos y tradicionalistas, contrasta con el crecimiento de una generación más joven de burgueses urbanos y de pequeño empresariado rural. Todo cabe a la hora de conformar una fuerza tan transversal como ha sabido ser el PP.

Más miedo a la derecha que a la izquierda

Llegados a este punto puede decirse que España es un país sociológicamente más de izquierdas que de derechas por dos razones. Primero, porque sigue habiendo miedo al recuerdo de la dictadura franquista, y segundo -como prueba de lo anterior- porque así se recoge en las encuestas del CIS, donde los ciudadanos dicen situarse más hacia la izquierda que hacia la derecha.

Sin embargo, a día de hoy el dominio del PP es indiscutible. En 2011 lograron una cuota de poder como nunca jamás ningún otro partido tuvo, y a todas las escalas: control casi absoluto delos ayuntamientos de las grandes capitales, de casi todas las autonomías y con mayorías absolutas en ambas Cámaras. El motivo, de nuevo, hay que buscarlo en el sólido suelo electoral que tiene como consecuencia de esa capacidad de aglutinar: a la derecha del centro nunca hubo otras alternativas. En 2015 y 2016 perdió ese dominio, dado el nuevo escenario político, pero conservó la primacía.

Los motivos de la caída, además del desgaste de la gestión, es que el «centro derecha» ha vuelto a dejar de ser monolítico, aunque sin caer en la atomización de la izquierda. El primero en intentar romper esa idea fue UPyD y, tras su caída, Ciudadanos. Y eso ha reconfigurado en cierto modo la lucha por el centro, que ahora tiene tres pretendientes en lugar de dos. Sin embargo, de nuevo, sigue faltando un simétrico a Podemos a la derecha del PP.

Varias formaciones han intentado auparse a esa posición. Primero las fuerzas de ultraderecha ensayaron una especie de unión alrededor de algunas siglas y nombres con tirón, pero fracasaron. Más tarde se especuló con que Josep Anglada, líder del controvertido PXC, diera el salto nacional, pero nunca se concretó. De hecho, fue el propio PP el que desactivó esa opción: colocó como su cabeza en Cataluña a Xavier García-Albiol, que articula un polémico discurso contra la inmigración que robó muchos votos al polo de Anglada.

Las propuestas de Vox no distan mucho de las de otras formaciones cuyos discursos sí calan en Europa:

El último intento ha sido Vox. Nacido del sector más derechista del PP, el partido de Santiago Abascal ha intentado conseguir la atención de los medios para hacerse oír, pero sus resultados electorales han sido muchísimo menores de lo que esperaban. Sus propuestas, sin embargo, no distan mucho de las de otras formaciones cuyos discursos sí calan en Europa: antiinmigración, soberanía nacional, unidad territorial, antinacionalismo periférico, tradicionalismo y exaltación de los símbolos nacionales, además de otras medidas que tienden a reforzar el rol y los poderes del Estado y sus agentes.

Para explicar ese fracaso, a diferencia de lo que sucede fuera, se necesitan algo más que esos tres argumentos -a saber, ser un país sociológicamente más de izquierdas, el recuerdo a una dictadura de derechas aún reciente y que exista un partido homogéneo que abarca grandes sectores de la derecha ideológica-. Y es que la derecha más ortodoxa no ha sabido renovarse en España.

Fuera de nuestras fronteras, en países como Austria, Suiza, Holanda o Suecia, donde las formaciones ultras se han colocado en posiciones de fuerza en las instituciones, el espectro programático es muy distinto. Mientras en España este tipo de formaciones hacen hincapié en cuestiones morales, religiosas, de modelo de Estado y de cierta nostalgia militarista, en Europa algunas de esas fuerzas se limitan a cuestiones identitarias y de control de migración. Hay algunas, incluso, capaces de asumir el matrimonio homosexual sin mayores problemas. Y en esas cuestiones morales más clásicas la derecha patria no aguanta comparaciones.

Esa misma falta de modernidad de planteamientos es lo que mantiene ese espectro ideológico como algo envejecido y caduco, nostálgico de una época pasada. Muy al contrario de lo que sucede en otros puntos del continente, donde los argumentos de ese tipo están superados y los líderes emergen como figuras carismáticas y caras jóvenes, desligados de pasados sangrientos. Ellos, allí fuera, han sido la respuesta contra el sistema democrático, mientras en España lo han sido los movimientos de izquierdas.

Está por ver si la irrupción de Ciudadanos desplaza el eje del «centro derecha» y obliga al PP a recomponerse, o si el partido afronta en algún momento una crisis interna que pueda abrir hueco a su derecha. Esa pulsión liberal, conservadora y de derecha sin complejos, siempre ha encontrado acomodo en el aznarismo latente en el PP. Habría que ver si podría tomar cuerpo con un liderazgo joven y carismático y equilibrar de nuevo la balanza ideológica del país añadiendo peso en un flanco hoy inexistente.