Decir que el soberanismo catalán tiene dos almas es tan de perogrullo como decir eso mismo del PSOE, de Podemos o del Partido Popular. De hecho, en todo gran movimiento que enfrente momentos complicados surgen dos caminos: el que marca la inercia, el continuista, y el que empieza a dibujarse según se va complicando el panorama. Que pregunten si no a quienes han sufrido desde dentro a Alfonso Guerra, Íñigo Errejón a José María Aznar, que algo saben del tema.
La diferencia es que en el bloque independentista la dicotomía lleva patente desde los albores del procés, cuando Carles Puigdemont era un alcalde desconocido y Quim Torra apenas merodeaba por la política como un militante de poco relumbrón. Hay que remontarse al inicio de la corriente política actual: a la firma del Estatut -el original- al que Esquerra decidió oponerse porque lo consideraba tibio.
Aquel acuerdo lo firmó con José Luis Rodríguez Zapatero un Artur Mas que, como le había pasado a Mariano Rajoy poco antes, había contado con ganar las elecciones desde la cómoda posición de sucesor natural del líder indiscutible. Aquel pacto con el diablo -no por la ideología de cada quien, sino por el hecho de que lo suscribieran enemigos naturales- fue el que le devolvió al ruedo. En ese momento el tripartito encabezado por los socialistas era el que separaba a Convergència de ‘su’ Generalitat, y Mas supo leer la jugada con habilidad.
Paradojas del destino, el tripartito se rompió por un Estatut que Esquerra rechazó y se volvió a reunir tras su puesta en marcha. Después llegaron la vuelta de Convergència al poder de la mano de Mas y la sentencia del Tribunal Constitucional tumbando la parte más sensible del texto. Lo que sucedería en los años venideros es de sobra conocido.
La mutación de CDC y ERC
Con el tiempo, cosas de la política, las tornas han ido cambiando. Convergència, el partido conservador, de orden y hasta predecible, se ha visto envuelto en una carrera desbocada hacia la confrontación con el Estado. Esquerra, por su parte, emprendió un camino mucho más institucional.
Junqueras dirige el devenir de la estrategia desde su territorio mientras Puigdemont arrastra su reputación por reuniones políticas de bajo perfil
Puigdemont huyó, Junqueras dio la cara. Uno es un prófugo, el otro un preso. Junto a otros, y tras muchos meses en prisión condicional, el líder de Esquerra desfilará ante el juez y las cámaras esta misma semana para enfrentarse a su condena por desarrollar hasta sus últimas consecuencias el proyecto soberanista en el que trabajaron desde el Govern. Es él el que oye los cantos de apoyo de los irredentos soberanistas al otro lado de los muros de la prisión de Lledoners. Es él el único líder que dirige el devenir de la estrategia desde su territorio mientras Puigdemont arrastra su reputación por reuniones políticas de bajo perfil.
En un contexto de relatos el hecho de no haber huido y enfrentarse a las consecuencias de sus actos tiene un peso incuestionable para Junqueras. Torra no es Puigdemont y Puigdemont no es Mas, y él lo sabe. Si el soberanismo tiene un líder político, en lo simbólico y en lo emocional, ese es el president de Lledoners. Desactivado por la condena, pero centralizando el devenir político catalán.
Así pues, las dos almas del procés se encaminan a un choque inexorable. Se empezaron a ver las costuras cuando decidieron dejar de compartir marca electoral, algo que la ‘Crida’ de Puigdemont intenta revertir. El juicio será un momento clave para que Junqueras, de vuelta a la primera línea de la atención, reclame su cuota de legitimidad: el ‘exilio’ es una huida, el presidio es un sacrificio.
Pero no es sólo con el bando convergente con quien Junqueras tiene pendiente una guerra. A pesar de que los escándalos de corrupción del PP hicieran languidecer el tema, Cataluña es el gran argumento electoral de estos últimos años. Por eso Pedro Sánchez ha empeñado su acción política a buscar una salida negociada, y por eso las formaciones de derecha han salido a la calle. Cataluña es, a nivel nacional, la nueva ETA: unos quieren solventar un problema y otros critican que para ello se tiendan puentes. Y ambos fían su rédito electoral a que el otro esté equivocado.
Elegir enemigo
Los Presupuestos, por tanto, son el inicio del fin de un procés ante su enésimo espejo. El soberanismo ha podido comprobar que mantener la exigencia debilita al socialismo en el debate nacional, mientras que relajar su postura le empuja a la guerra de relatos en su propio bando. Junqueras debe elegir a quién prefiere en Moncloa: a un PSOE con el que puede hablar de algunas cosas, pero no de todas, o a un frente nacional contra el que seguir polarizando el debate. No hay más salidas.
Como bien sabe Junqueras, la ley y el relato están ya del lado de Moncloa tras tantos errores cometidos por ambos, y el precio a pagar por volver a movilizar a los suyos se antojaría demasiado alto
La aplicación del 155 y el subidón de Ciudadanos en Cataluña dan idea del riesgo de este extremo para los intereses soberanistas. A ellos, como al frente de derecha, les conviene un debate crispado y polarizado. Pero como bien sabe Junqueras, la ley y el relato están ya del lado de Moncloa tras tantos errores cometidos por ambos, y el precio a pagar por volver a movilizar a los suyos se antojaría demasiado alto.
Sánchez, sin embargo, no es un sujeto pasivo de toda esta situación. El hecho de que el soberanismo tenga que tomar una postura le libera a él de la decisión: o aprueban sus presupuestos y prolongan su Gobierno, o los rechazan y se atienen a lo que venga después.
Y ese ‘después’ bien podría ser un escenario de ventaja para los intereses del PSOE y muy negativo para los del soberanismo: a buen seguro Sánchez tendría un futuro mucho más plácido pactando con Ciudadanos que haciéndolo con Podemos y los independentistas. Al menos, y esa sería su jugada, podría contar con una oposición menos feroz y tendría menos hipotecas a las que atender. Sólo sería cuestión de poder sumar.