Íñigo Méndez de Vigo (Fuente: Wikimedia Commons)
Íñigo Méndez de Vigo (Fuente: Wikimedia Commons)

El ‘marrón’ del ministro número 17 de Cultura

El Ministerio al que menor peso político se suele conferir es a la vez el de mayor voltaje para sus titulares. La llegada de Íñigo Méndez de Vigo al cargo busca terminar con una maldición con pocos precedentes: sólo uno de sus muchos inquilinos ha aguantado una legislatura entera en el cargo.

 

Han pasado unos cuantos días del nombramiento del nuevo ministro de Cultura y su nombre no ha vuelto a sonar en los medios. Es posible que ni siquiera recuerdes cómo se llamaba. Sí recordarás a quién sustituía (a José Ignacio Wert), incluso recordarás a quién sustituyó él (a Ángeles González Sinde)

Íñigo Méndez de Vigo, que así se llama el ministro, llega a una cartera en el disparadero. El de Cultura (a la que ahora se adhieren Educación y Deportes) lleva años siendo un ministerio curiosamente polémico, y eso a pesar que no es del núcleo duro de las carteras del Consejo de Ministros de España, que forman Interior, Exteriores, Defensa o Economía (otro gallo cantaría si fuéramos escandinavos). Podría parecer, incluso, que fuera una responsabilidad agradable, por aquello de que siempre parece más agradable promocionar la literatura, el cine o la música que estudiar inversiones estratégicas o proponer equilibrios presupuestarios.

De todos los inquilinos del cargo sólo uno ha estado más de cuatro años: es una silla caliente en toda regla

Desde que Franco murió han pasado ya diecisiete titulares por la cartera, que según quién gobernara ha ido cambiando de ‘compañeros’: desde Bienestar con Pío Cabanillas en los albores de la Transición, a ir en solitario con los socialistas o fusionarse con Educación y luego Deportes. De todos los inquilinos del cargo sólo uno ha estado más de cuatro años: Javier Solana, que estuvo seis (aunque Pilar del Castillo se quedó a nueve días de lograrlo). Es una silla caliente en toda regla.

¿Por qué y desde cuándo? Ya en los años ’90, con la socialista Carmen Alborch como titular hubo algunas polémicas sonadas, como el rifi-rafe con la entonces directora del Reina Sofía. Pero a partir de ahí la cosa se fue de madre.

A Alborch la sucedería una entonces casi desconocida Esperanza Aguirre, que llegó de la mano de Aznar y fue objeto de escarnio en repetidas ocasiones por el programa CQC de Telecinco, que entonces conducía ‘El Gran Wyoming’. Algunas sonoras metidas de pata y unas cuantas leyendas urbanas empezaron a circular sobre ella: que si dijo que Sara Mago era una gran escritora, que Airbag no era una película española, que no sabía quién era Santiago Segura, o que preguntó por la fallecida Dulce Chacón a su hermana gemela.

Con Mariano Rajoy y Pilar del Castillo la cosa se calmó un poco (más allá de que la exministra sea la autora del retrato que luce en las paredes del Ministerio en su propio honor). Luego llegaría la socialista Carmen Calvo y su célebre «señoría, usted para mí nunca será Van-Halen ‘Dixi’, ni ‘Pixi'», en respuesta al citado diputado que se refirió a una cita de la exministra diciendo «Calvo dixit», o cuando dijo que había sido «cocinera antes que fraila», emulando aquel «jóvenes y jóvenas» de Carmen Romero.

La polémica luego dejó de ser por meteduras de pata y pasó a tener un cariz político. César Antonio Molina, que venía del sector del libro, fue sustituido de forma fulgurante por Ángeles González Sinde, del sector del cine, en plena ebullición de la polémica por la piratería en España. El propio exministro dijo de su sucesora que era una «chica joven con más glamour», y no pocas teorías conspirativas empezaron a circular en esos días (como que el cambio vino tras un ‘toque’ desde la Casa Blanca preocupados por el impacto de las descargas en las exportaciones de la industria estadounidense). Sus choques con la industria del cine en los Goya, la polémica que pasó a la historia con su nombre y que Sinde fuera una de las cabezas visibles de una película tan polémica como ‘Mentiras y gordas’, estrenada siendo ya de ministra, acabó por crear su imagen.

Y llegó Wert, cuyo pecado fue remar en contra de todo el sector por medidas como el IVA cultural y, entre otras cosas, excederse con declaraciones de otros ámbitos (como el caso catalán). Desde su nombramiento recibió ataques por todos los lados y, según cuentan, él mismo pidió a Rajoy abandonar el barco aunque llegó a decir que él sólo tiraba la toalla al salir de la ducha.

Ese escrutinio constante a la cartera que lleva años haciendo de ‘sparring’ de la opinión pública ha hecho que asuntos personales cobren dimensión política

Así que con estos precedentes, el cargo está en tela de juicio constante. Y la gestión del Gobierno de la sustitución no va a mejorar las cosas. Por una parte, ese escrutinio constante a la cartera que lleva años haciendo de ‘sparring’ de la opinión pública ha hecho que asuntos personales cobren dimensión política: se ha criticado desde el día de su nombramiento que el nuevo ministro sea noble, que sea familia de uno de los ultras que atacó Blanquerna en Madrid, que esté casado con otra noble prima de otro ministro (el de Defensa), que sea hermano de la número dos del CNI controlado por la vicepresidenta Saéz de Santamaría o que recibiera en 2002 la medalla de oro de la SGAE.

Las formas del Gobierno tampoco ayudan: Rajoy anunció el cambio a las 22h de un día de junio, pocos días después de asegurar que iba a mejorar la comunicación del Ejecutivo.

Con todo, Méndez de Vigo, decimoséptimo titular de la cartera de Cultura de la España moderna, podría volver a apaciguar las aguas… pero no por sus actos, sino porque bien podría ser el más breve de sus antecesores en su cargo. A como mucho seis meses de la convocatoria de elecciones generales, y con el verano de por medio, ¿qué tipo de gestión puede hacer alguien cuyas dedicaciones políticas hasta la fecha eran de otro ámbito y, además, fuera del país? ¿Tan urgente era la necesidad de cambiar a Wert que no podía esperar a la casi inminente disolución de las cortes?

La consecuencia de todo esto, más allá de erratas y polémicas, es que la industria cultural (y su actual compañero de viaje, el sector educativo) llevan muchos años en pie de guerra. Y un ministro fugaz, paracaidista del área y sin demasiado tiempo efectivo de mandato no parece que pueda hacer mucho al respecto más que recibir críticas.