La primera moción de censura que salió adelante en nuestra democracia tuvo un relato propio de ‘thriller’ estadounidense: sorpresa inicial, incredulidad en su desarrollo y desenlace victorioso en el último minuto. Aquella mítica ‘Pulp fiction’ de Quentin Tarantino no fue un ‘thriller’ al uso, pero su narrativa encerraba personajes que bien podría encajar en esa lógica. El más destacado de ellos fue el ‘Señor Lobo’, alguien encargado de solucionar los problemas engorrosos de los que otros no querían o podían encargarse.
Así, en los libros de historia política española, si es que existe tal cosa, quedará para siempre grabado que la votación de la moción dependió de la voluntad de un PNV que pasó de apoyar los Presupuestos del Gobierno a tumbarlo en apenas unos días. Sin embargo el verdadero protagonista de esta historia no fue un nacionalista vasco, sino un ‘Señor Lobo’ llamado Pablo Iglesias, un antiguo enemigo del socialismo ahora convertido en aliado.
Emergía Iglesias como muñidor necesario, un negociador en la sombra que supo coser voluntades tan diversas y separadas
Pasadas las semanas de la moción los relatos de los cronistas parlamentarios más destacados del periodismo patrio coincidieron en la narración ‘interna’ de los hechos. En todos ellos emergía Iglesias como muñidor necesario, un negociador en la sombra que supo coser voluntades tan diversas y separadas como las de toda la oposición al Ejecutivo -a excepción de Ciudadanos-. Ahí no sólo entraban los socialistas, sino también Podemos -y todas sus facciones-, nacionalistas más o menos radicales o partidos a ambos lados del espectro político. Y lo más complicado: negociadores huidos a otros países o encerrados en la cárcel. Todos los votos eran necesarios.
Para los medios los protagonistas de la moción acabaron siendo los dos presidentes: el saliente, encerrado en un reservado bebiendo whiski con sus colaboradores, y el entrante, que culminaba su propio relato heroico. Él, aupado por los barones de su partido y defenestrado por su valedora, acabó volviendo a la pelea y derrotando al aparato por sorpresa para hacer historia al desalojar a un presidente electo de la Moncloa y ocupando su sitio. Pero la victoria, lejos de los flashes, era también para el líder de Podemos.
Esa victoria no tiene que ver sólo con el hecho de que la formación morada esté logrando colar su programa en la acción de Gobierno, que también, sino en su papel determinante. Su trabajo, junto al de otros diputados nacionalistas, consistió en convencer a Puigdemont de la conveniencia de tumbar a Rajoy. Para el ‘president en el exilio’, como le denominan los suyos, Rajoy era un enemigo que fortalecía su relato, mientras que Sánchez, que había sido el colaborador necesario para la aplicación del artículo 155, era una especie de traidor al que se resistía a aupar. El hecho de que ERC confirmara su apoyo antes terminó de convencer a sus socios en Cataluña, y dejó al PNV en la misma tesitura que a Ciudadanos: propiciar el cambio o apoyar contra natura a un líder atenazado por la corrupción. A fin de cuentas, los nacionalistas gobiernan en Euskadi con el apoyo del PSE, así que la decisión acabó cayendo por su propio peso.
Iglesias se ha mostrado como un eficiente mediador capaz de llegar a donde un líder socialista no puede, y donde un presidente del Gobierno no debe
Con Sánchez ya en la Moncloa, Iglesias se ha resistido a pasar a un segundo plano. El presidente no sólo necesita su apoyo en el Congreso para sumar contra un PP en mayoría, sino que también necesita de su capacidad negociadora. Iglesias se ha mostrado como un eficiente mediador capaz de llegar a donde un líder socialista no puede, y donde un presidente del Gobierno no debe. El último ejemplo ha sido la visita a la cárcel de Lledoners, donde Oriol Junqueras permanece en prisión preventiva desde hace meses, con la intención de negociar su apoyo a los Presupuestos. La acción de Gobierno, y las iniciativas de Podemos, dependen de que las cuentas públicas salgan adelante.
Y es que el tándem Sánchez-Iglesias funciona, al menos de momento. De hecho, el ya presidente ha encontrado en el líder de Podemos el escudo protector que la vicepresidenta no ha sabido ser por el momento. Mientras su gabinete y él mismo se han visto azotados por varias controversias y recambios, Iglesias ha conseguido hacer el ‘trabajo sucio’ necesario para articular un frente contra la mayoría del PP y la ambivalencia de Ciudadanos.
Su trabajo negociador con distintos partidos, algunos en polos ideológicos muy alejados, le ha conferido cierta talla de liderazgo de la que antes carecía
Todo este entramado de equilibrios beneficia en primer lugar a Sánchez, que logra apoyos sin ‘mancharse’ políticamente. Pero a la vez también beneficia a Iglesias, que no sólo se ha vuelto imprescindible para la Moncloa, sino que también está reconstruyendo su propio perfil político. Su trabajo negociador con distintos partidos, algunos en polos ideológicos muy alejados, le ha conferido cierta talla de liderazgo de la que antes carecía.
Será la necesidad o será la ideología, pero PSOE y Podemos han entendido que los nacionalistas también son Estado, algo que el PP olvidó y por lo que acabó pagando las consecuencias. Las encuestas sonríen a Sánchez, mientras el PP pasa su particular travesía en el desierto y Ciudadanos intenta rearmarse.
Mientras, Podemos juega a su peligroso juego: colar sus propuestas políticas en la acción de Gobierno aun a riesgo de ser fagocitados como tantas veces sucede en las coaliciones. Iglesias sabe que el riesgo compensa si a cambio consigue que su formación acabe grajeándose el apoyo de los nacionalistas por delante incluso del PSOE. Nunca se sabe cuándo puede volver a cambiar el panorama y, ‘sorpasso’ mediante, ser él mismo quien necesite ser aupado por otros con los que ya se ha sentado muchas veces en la mesa.