Si lo sucedido responde a un plan premeditado, el de los socialistas ha sido uno maestro. En apenas un año el PSOE ha pasado de ser un partido abatido a ser de nuevo hegemónico: de encadenar mínimos históricos a casi doblar a su inmediato perseguidor. Con 123 escaños frente a los 66 del PP, Pedro Sánchez, el superviviente contra viento y marea, ha sido el gran triunfador de la noche.
Las elecciones generales de este domingo arrojan cuatro lecturas alrededor de ese cambio: ha sido posible porque el PSOE ha sabido aprovechar sus diez meses en el Gobierno para recuperar la iniciativa, porque Podemos se ha desangrado en su gestión interna, porque Ciudadanos ha recortado su crecimiento al escorarse a la derecha y porque Vox le ha arrebatado la masa crítica más conservadora al PP.
Quitando la parte de Podemos, en realidad lo demás no se trataría de tres cuestiones diferentes, sino de dos consecuencias de un gran punto de inflexión. Y ese punto no es otro que la moción de censura.
Historia de una moción
Cuando los socialistas se decidieron a presentar la moción de censura contra Mariano Rajoy sólo se hablaba de un partido: Ciudadanos crecía a pasos agigantados a costa de un PP noqueado por la inacción de su líder ante los escándalos de corrupción.
La inesperada victoria lo cambió todo. Aunque los de Albert Rivera hicieron todo lo posible para conseguir unas elecciones inmediatas a sabiendas de que eso les acercaba a La Moncloa, el PSOE logró aglutinar a su alrededor los apoyos de la izquierda y los nacionalistas. Sabían que la legislatura ya estaba muerta, pero decidieron aguantar para encadenar propuestas sociales y planes de actuación.
De nada han servido los denodados esfuerzos de José María Aznar a través de su pupilo Pablo Casado. Años urdiendo a la sombra para desvanecerse cuando vuelve a salir a la luz
La forma en la que se formó el Gobierno fue digna de un ‘talent show’. La expectación generada alrededor del plan de Iván Redondo, el Arriola del nuevo socialismo, dio paso a un nuevo interés mediático en el Ejecutivo de Sánchez. Ganada la batalla de la atención, Ciudadanos empezó a diluirse.
No han sido pocos los errores de Sánchez y los suyos en estos diez meses, pero muchos más -y más significativos- han sido los de sus rivales. La caída de Rajoy hizo que diera un paso atrás y se abriera un cruento melón sucesorio en el PP. En paralelo, dio alas a Vox, una escisión hasta entonces irrelevante que ha acabado por devorarle por la derecha. De nada han servido los denodados esfuerzos de José María Aznar a través de su pupilo Pablo Casado. Años urdiendo a la sombra para desvanecerse cuando vuelve a salir a la luz.
Ante la perspectiva de un PSOE en crecimiento, y a la vista de un PP tendido en la lona, Ciudadanos optó por dejar de disputar la batalla del centro para pasar a disputar la de la derecha. Y así, con tres formaciones de derecha en lugar de una, la ley electoral ha hecho el resto. Mientras que en Andalucía la división sirvió a la derecha para sumar, en España la división ha encumbrado a Sánchez. Ver a Pablo Casado quejarse del sistema electoral en su valoración de los resultados es una ironía inesperada.
La España que queda
Si el PSOE es el gran vencedor, el PP y su giro conservador es el gran derrotado: pasa de 137 a 66 escaños, además de perder el control de un Senado vital para poder aplicar el artículo 155 de la Constitución en Cataluña. Y se deja a algunos primeras espadas en la batalla, como el caso de Javier Maroto que se queda sin escaño en Álava.
Tras ellos, Ciudadanos ha crecido (57, 25 escaños más que en 2015) y Podemos y sus coaliciones han caído (42, 29 escaños menos que en 2015), ambos de forma destacable aunque menor de lo que se esperaba.
La gran incógnita de la noche era cuál iba a ser la fuerza real de Vox, que ha copado titulares en los últimos meses y ha ido encadenando llenos en varias plazas de la llamada ‘España vacía’. Su resultado, 24 escaños, ha sido impresionante, aunque lejos de las irrupciones de Podemos (69) o Ciudadanos (40) cuatro años atrás, y muy lejos de sus expectativas.
Para gobernar necesitará contar con el sexto bloque en disputa: el de los nacionalistas. Como en la moción de censura
Como era de esperar ningún partido suma por sí mismo, pero el bloque de la izquierda se impone en escaños al de la derecha. Eso sí, para gobernar necesitará contar con el sexto bloque en disputa: el de los nacionalistas. Como en la moción de censura.
En realidad, toda esta campaña electoral y buena parte de las anteriores legislaturas han estado marcadas por el papel de las fuerzas nacionalistas. Y los resultados arrojan que ese sexto bloque, aunque formado por partidos de regiones y sensibilidades distintas, sigue siendo significativo en esa España que sólo mira a las cinco formaciones nacionales: con hasta 37 escaños en sus manos, muchas de las decisiones de la legislatura que ahora comienza dependerán de los acuerdos que se puedan alcanzar con ellos.
Lo que viene ahora es un mes de calma tensa: no se darán movimientos comprometedores a la espera de la segunda gran batalla, la de las elecciones municipales, autonómicas y europeas del mes que viene. Eso quiere decir que no habrá Gobierno hasta entonces.
Y también que los socialistas deberían intentar contener la euforia: el miedo a la derecha más escorada de la democracia ha movilizado su voto, por lo que esta victoria podría ser su peor enemigo de cara a lo que aún está por jugarse si sirve para desmovilizar a los suyos o espolear a los contrarios. Y ojo, porque lo que queda por decidir no es poca cosa.