La madrugada electoral de 2008 fue ruidosa. Una enorme celebración llenó las calles de EEUU, especialmente en los Estados del noreste, celebrando el advenimiento del primer presidente negro de la historia, un hombre que había conseguido arrastrar tras de sí una enorme oleada de ilusiones. Ahora, en 2012, con la reelección conseguida, hay celebración y algazara, pero no tanta. Es como entonces, pero no es como entonces.
Contra esa ilusión perdida, no quizá por mala gestión sino por haber provocado unas expectativas que ha sido incapaz de mantener, Obama ha tenido que llevar a cabo una estrategia que le ha funcionado. Su victoria no se ha fraguado esta noche, ni tampoco durante una campaña en la que no se ha visto al mismo hombre brillante de antaño. Obama ganó las elecciones meses atrás.
Automóviles, carbón e hispanos
Lo hizo cuando comenzó la batalla del automóvil mucho tiempo atrás, organizando un gigantesco rescate económico al estilo del que en Europa se ha hecho con los bancos, pero dirigido a una industria que da de comer a millones de personas en algunos de los llamados ‘Estados cambiantes’, esos que dan o quitan victorias. Obama ha llegado a dar mítines en plantas de fabricación de coches plagadas de ‘votantes tipo’: clase media trabajadora, hombres, blancos y afectados directamente por la crisis y el paro.
Junto a los fabricantes de automóviles también ha sido determinante el sector de la minería , lo que durante la campaña pareció una ‘guerra del carbón’ entre ambos candidatos. Obama será el primer presidente que gana unas elecciones con más de un 7% de paro, una de las armas predilectas de Romney durante estos meses, que presumió de su faceta de gestor. La partida de ajedrez del presidente ha sido más poderosa que los argumentos.
Obama ganó también cuando se lanzó la ‘Dream Act’, una regularización masiva destinada a hijos de inmigrantes. Eso, y la postura contraria a la inmigración de los republicanos ha bastado para que el candidato demócrata, además de contar un voto importante en colectivos como los negros, las mujeres y el lobby católico reacio a apoyar a un candidato mormón, ha bastado como para asegurar el voto en zonas donde el voto latino es crucial. California o Florida, auténticos objetivos estratégicos, dependían en buena parte de fidelizar el voto de una comunidad que ya es la minoría más mayoritaria del país y a la que ambos candidatos han intentado conquistar con desigual éxito.
En medio quedan los otros grupos. Las grandes fortunas financieras apoyaron a Romney, pero las tecnológicas a Obama. El colectivo homosexual se movilizó por los demócratas, igual que hicieron las grandes estrellas de Hollywood y los principales medios de comunicación impresos. Y los demócratas tradicionales que habían perdido la fe, esos a quien Bill Clinton movilizó cuando firmó la paz con Obama y tomó partido activo por el candidato.
También la bendición del Tea Party a la presencia Paul Ryan en el ticket conservador ha servido para espolear a los moderados contra Romney. De hecho Michelle Bachmann, una de las musas del movimiento, está teniendo serios problemas para conservar su escaño en el Congreso por Minnesota.
Prácticamente empatados en voto
Mirando el mapa pocas cosas parecen haber cambiado. Los republicanos sólo han conseguido reconquistar Carolina del Norte, uno de los ‘Estados cambiantes’, e Indiana. Apenas 26 votos electorales de diferencia respecto a lo que consiguió cuatro años atrás McCain. Obama ha conseguido llevarse todos los grandes y llevar una importante delantera en Estados claves en esta votación, como son Virginia y Ohio.
Sin embargo la lectura es distinta. Si bien Obama logró obtener unos diez millones de votos más que McCain (69 millones y medio a casi 60 millones), en el momento en el que las matemáticas electorales estadounidenses han confirmado la victoria del demócrata él y Romney empataban a 53 millones de votos . La distancia entre Boston, fortín de Romney, y Chicago, fortín de Obama, es de 1.500 kilómetros, pero demenos de un millón de votos en el momento en el que el republicano ha reconocido su derrota. A falta de completar esos datos bien parece que Obama ha ganado con la calculadora, sumando votos de Estados, pero no con la gente . Y eso es sintomático.
Unos 6.000 millones de dólares después, la campaña más cara de la historia, poco ha cambiado más allá de la igualdad de votos y un par de Estados. Obama repite, el Senado será demócrata y el Congreso republicano, lo que puede volver a poner al país al borde del estancamiento político, como pasó con presupuestos y reforma sanitaria.
En los arcenes de la noche electoral quedará que un Kennedy vuelve al Congreso de la mano de Joe Kennedy III, que ha conseguido su escaño precisamente en el Estado de Romney. También que Todd Akin, el congresista que habló de «violaciones legítimas» ha perdido su escaño. También que Tommy Baldwin, de Wisconsin, será el primer homosexual declarado en ir al Senado. O que Joe Arpaio ha sido reelegido como sheriff pese a sus polémicos métodos con los inmigrantes. También que la marihuana será legal en Colorado y Washington, o que el matrimonio gay ya es una realidad en Maryland. Incluso que Donald Trump ha llamado a la «revolución» a través de Twitter para que la gente marche sobre Washington contra Obama.
La noche electoral de EEUU da para mucho. Y cuatro años en los que Obama ya no tendrá que preocuparse en medir sus pasos para pensar en una posible reelección , más.