«No culpo a las instituciones militares, sino a los dirigentes», sentencia: ni el anterior ni el actual Gobierno se han hecho cargo de su situación, y por eso ha decidido hablar. De baja médica en su casa de Córdoba, Sergio Santisteban cuenta su traumática experiencia tras la guerra, no únicamente en Irak, sino también en España. Desde AUME han apoyado desde el principio la causa de este joven militar, que únicamente reclama el reconocimiento como herido en combate, reconocimiento que el Gobierno le niega.
La evacuación fue quince días después de haber recibido el ataque. Se dijo que lo nuestro era una baja rutinaria, tanto la mía como la del alférez: quien dijo esto no tiene otra palabra que la de sinvergüenza. Éramos heridos graves, pero este hombre nos calificó como baja rutinaria.
Fue el mismo que me auscultó el oído y me dijo que no tenía nada, hasta que un capitán médico nicaragüense me vio y dijo que lo que tenía perforado. Me parece que los conocimientos a este respecto del ejército español son casi nulos, porque yo me pregunto cuándo fue la última vez que el entamos en combate: hace mucho como para decir que era una baja rutinaria, ¿no?
Al ir a embarcar en un Hércules para regresar a España hablé con una capitán médico. Al identificarme me dijo «¿ustedes son los del 11 de febrero, llevamos desde el día 13 de febrero para repatriarles». Más tarde hablé con una soldado y le pregunté cómo estaba y me dijo que no muy bien porque llevaba «catorce días encerrada en una base norteamericana en Kuwait y los mandos van por ahí paseando y yo aquí metida».
Es decir, esperaron esos días antes de traernos de vuelta mientras permanecíamos heridos fuera de nuestro país. Se pidió al Asesor Técnico del Ministerio de Defensa que lo investigara, pero aún no ha habido respuesta, porque no interesa.
El informe dice taxativamente que no había un avión disponible: sé que en esos días un Hércules del ejército viajó a Guantánamo para traer a España a un presunto terrorista, pero a juzgar por lo que dice el informe se podría decir que el ejército del aire sólo tiene un avión disponible, pero no, me parece que el ejército del aire tiene muchos más aviones.
La madre del alférez llamó al ministro Trillo para expresarle su descontento porque se fuera a llevar a España a un presunto terrorista mientras su hijo y un compañero esperaban: aquí militares somos todos, no sólo los que vestimos uniforme, sino también nuestros familiares. Por fin llegamos la madrugada del 26 de febrero de 2004, unos catorce días después de haber sufrido el ataque.
Nos atendieron tras doce horas de espera, cuando mi mujer protestó. No nos hicieron diagnóstico alguno: el diagnóstico de entrada fue el que traíamos de Irak. En el informe que hicieron se decía «según la documentación que aportaban», que era la nuestra, porque no hicieron ningún diagnóstico, se decían muchas cosas…
Yo calificaría el informe de mentira, a parte de vacilante. En él consta que fuimos heridos en servicio; obviamente no estábamos allí de vacaciones. Y para el Gobierno, no existe ninguna diferencia entre ser herido en combate o ser herido en un atentado terrorista.
No recibimos atención alguna a las heridas. Dicen que nuestro descontento estaba en las condiciones en la que nos trasladaban dentro del hospital, por las que el capitán a cargo del hospital nos pidió disculpas: iba yo con el brazo enyesado y empujando la silla de ruedas de mi alférez. Pero no, no era por eso.
Sólo daré un ejemplo: para un análisis de orina, en nuestro estado, mientras el alférez se sostenía, yo aguantaba en vaso de plástico con el que se llenaban las probetas, con el consecuente manchurrón, dadas nuestras condiciones, de orina del alférez en mi camisa. Todo esto en presencia de una enfermera que se limitaba a leer una revista del corazón. Encima en el informe expresa su constante preocupación porque, según dicen, se hicieron cargo de nosotros desde el primer momento.
Pedí el alta voluntaria en el hospital para irme a Córdoba a que me atendieran; allí llegué la noche del 27 de febrero de 2004, es decir, dieciséis días después del atentado. Imagina la cara de nuestros familiares al vernos salir del hospital al alférez en silla de ruedes y yo tirando de ella.
Fuimos a Córdoba, donde sí recibimos una atención médica conveniente: dado el retraso, no pudieron operarme en condiciones hasta el día 15 de marzo a causa de la hinchazón que tenía. Es decir, que ya había pasado un mes y cuatro días desde el atentado. Y luego, además, me enviaron desde Madrid un volante de citación para el 5 de marzo, para que volviera; algo inconcebible.
Un reconocimiento o recompensa a los trece hombres bajo mi mando: soldados contratados que, ante una situación en que cualquier hombre hubiera tenido miedo y su primer impulso hubiera sido irse corriendo, se quedaron allí para proteger a sus mandos y llevar a cabo acciones militares coherentes. Me gustaría preguntarle al pueblo qué prefieren: condecorar a soldados como estos o a generales. Cada noche doy gracias a Dios porque a ninguno de mis soldados les pasó nada más grave que a nosotros.
Y a mí que me reconozcan como herido en combate, pero como no nos lo concedieron, mi mujer solicitó que me declararan como víctima del terrorismo. Pero la respuesta vino de la señora vicepresidenta del Gobierno, señora por llamarla de alguna manera, que nos envía una carta firmada en la que me explica que no reúno las condiciones para el reconocimiento como víctima del terrorismo. Por ello, resuelven denegar el reconocimiento civil como víctima del terrorismo, y dice que puedo recurrir la decisión mediante un recurso contencioso administrativo.
Aún me duelen los dientes cuando me los lavo por culpa del gasoil que había en los contenedores del agua
Irak es una guerra que no vende, que parece haberle sentado mal a España. Pero eso no es mi culpa ni la de mis hombres, ni de ninguno de los que hemos estado pegando tiros allí. Ha sido una auténtica desvergüenza para las Fuerzas Armadas. Perdón por el comentario, pero creo que todo perro necesita su galletita, todos necesitan su felicitación. Pero a nosotros nada, y como eres militar, te callas la boquita. Los jefes militares operaron con la técnica del avestruz, «yo escondo la cabeza y a mí que no me manchen».
Cuando el señor Aznar entregó 65 condecoraciones por lo de Perejil… todavía como militar no salgo de mi asombro. Al llegar a España le dije a un amigo mío, si a ellos les dan la Cruz Roja por la operación en el Perejil, a nosotros ¿qué nos van a dar? Pero no, en la guerra se llevaron a cabo más de quinientas acciones de combate, con trescientos hombres de infantería de la legión y más de mil de apoyo al mando y de apoyo logístico. Sin embargo, sólo se dieron 28 medallas.
El Gobierno se llevó un abucheo de los asistentes por el tacañismo a la hora de condecorar.¿Así se paga a los que vienen a la guerra?

