Confieso que solía ser un poco ‘diógenes romántico’. A saber, me costaba deshacerme de cosas que en algún momento significaron algo, y eso llevaba a la acumulación. Pero sucede que la pandemia, además de ciertas cuestiones personales, ha hecho que eso cambie: cada vez planifico menos y tiendo menos a pensar en el largo plazo. Temo que todo cambie, incluso aquello que antes eran certezas que daba por seguras. Total, no sé si mañana estaremos, así que para qué preocuparse demasiado o -por extensión- aferrarme a cosas innecesarias.
Hoy quiero hablar sobre eso, sobre lo que guardamos y sobre la ideología que hay en la gestión de la memoria.
Al lío 👇🏻
🫥 Punto uno: lo que somos a través de lo que tenemos
A veces pienso que si no viviera donde vivo no bajaría a la calle con las pintas que lo hago para pasear a mi perra. Es una mezcla entre ropa deportiva y de estar por casa, especialmente tirada en verano, que seguro no llevaría si pudiera cruzarme con compañeros de trabajo o alumnos por la calle.
La ropa dice mucho de nosotros, como una especie de maquillaje social. Sucede lo mismo con el coche que conduces, el móvil que tienes, el reloj en tu muñeca o el barrio en el que vives. También con los libros que guardas, y hasta los muebles que tienes. No es casual que antes el mobiliario doméstico, de maderas buenas y construcción recia, durara toda una vida, como los matrimonios. Quizá por eso ahora cada casa es un catálogo de Ikea, todas funcionales, intercambiables y listas para rehacer cuando toque mudanza, ya sea de casa o de relación.
Las cosas nos definen en tanto en cuanto tenemos unas u otras en función de lo que podemos permitirnos. Y también, claro está, de la importancia que le damos a cada una de ellas, que puede hacer que tengas un móvil carísimo pero te alimentes a base de ofertas y promociones de supermercado, por poner un ejemplo frecuente. Luego están también las cosas que se consumen pero no se tienen, aquellas que antes se llevaban por dentro y no puestas, como los viajes, la asistencia a eventos y demás. Pero ahora, con las redes sociales, enseñar las experiencias es para muchos la mejor parte de vivirlas, como si de un complemento más se tratara, lo cual también dice mucho de nosotros -tanto lo que vivimos como lo que decidimos enseñar-.
Como habrás deducido, la ropa no es una de mis prioridades, pero entiendo su importancia para según qué ámbitos. Pasear a mi perra, que es algo que suelo hacer solo, encaja con improvisar una indumentaria rápida para volver a casa. Ir al colegio a por los niños, a apenas unas calles de distancia, no. Ahí quiero transmitir una imagen menos tirada de mí mismo. Es el mismo barrio de extrarradio, y es un colegio público normal, pero hay gente y es conocida. Es, por tanto, una cuestión social.
Con el paso del tiempo vamos acumulando cosas que, como la ropa, proyectan partes de nosotros mismos. Recuerdos de otros tiempos, objetos que ya no utilizamos pero que significan algo, incluso elementos que siempre han estado ahí y que no te planteas que puedan no estar, al menos hasta que haces limpieza y los quitas para no volver a recordarlos jamás. Las cosas que guardas, de las que te rodeas, también dicen mucho de ti. Y al morirte todo eso se queda ahí para quien venga detrás.
El bueno de Zygmunt Bauman lanzó una muy certera definición de nuestra sociedad actual al bautizarla como ‘líquida’. A saber, que nada permanece y que todo lo que antes tenía vocación de durar o dar estabilidad -relaciones personales, instituciones o ideas- ahora es cambiante y efímero. Lo que para mí ha sido una tara postpandémica él lo diagnosticó a nivel social años atrás. Por si te interesa, desarrolló el concepto en ámbitos diversos a través de su obra.
🗝️ Punto dos: la ideología de guardar lo que no usamos
Todos hemos perdido a algún ser querido en estos últimos años de pandemia. Tan triste suceso, ahora más frecuente que antes, trae consigo dos consecuencias inexorables. La primera, y más importante, es el dolor por la pérdida y el vacío que dejan quienes se van. La segunda, menos relevante pero muy ilustrativa del tipo de sociedad que somos, la forma en que buceamos en las pertenencias que nos dejan al irse, lo que significan y lo que hacemos con ellas cuando ya no están sus propietarios.
Para acumular primero hay que guardar. Y ese impulso responde a muchas cosas, en función de cada generación. En el caso de mis mayores entiendo que tiene una combinación de cultura de postguerra (el ‘por si acaso’) y la idea del legado (‘en algo os ayudará el día de mañana’).
En ese trance posterior a la pérdida de un ser querido encontré entre sus cosas una botella de vino de hace muchos años. Grande, de una buena región y bien conservada. No sé mucho de vinos, más allá de lo que me gusta y lo que no, pero tenía pinta de estar bien. A saber el tiempo que llevaba guardada esperando a saber a qué ocasión especial. Al abrirlo, por supuesto, estaba picado y hubo que tirarlo.
Como ese vino, había decenas de cajas de cosas que a buen seguro fueron muy importantes para quienes ya no estaban pero que a nosotros no nos decían nada. Quizá el más insignificante y raído de los libros era su objeto más preciado y, al no compartir ese significado con los ausentes, lo tiramos a la basura porque no está en condiciones siquiera de ser donado.
En el caso de mi familia, además de ese vino, en las cajas había montones de cosas que sus propietarios pensaban que tenían algún valor, pero tampoco. Cuadros, decenas de libros, música o películas en formatos que ya nadie utiliza en una sociedad en la que ya no se tienen productos culturales porque sólo se accede a ellos.
Así, muchas cosas acaban desechadas y muchas otras guardadas por ser demasiado personales, o por ese ‘diógenes romántico’ que casi todos tenemos en alguna medida. Y no hablo sólo de la respuesta de mi familia a esta situación, sino a que he visto el mismo patrón en distintas familias ante situaciones similares: lo que no se tira o se dona pocas veces se usa, y acaba metido en cajas a la espera de que alguien retome el proceso de criba a saber cuándo. Por algo los trasteros son un negocio en auge.
Tener más cosas de las que puedes siquiera almacenar parece un sinsentido. Sin embargo, casi todas las familias guardan cajas de trastos que jamás usarán. Algunos en los armarios, otros en trasteros o casas inhabitadas. Y en muchos casos estarán ahí durante años, hasta que llegue la siguiente generación y se deshaga de todo. Sobre ese sinsentido, y la cultura de la propiedad que hay detrás, hablaba Marcus Hurst en este capítulo de ‘El Extraordinario’. Cuenta, por ejemplo, que en EEUU hay concursos donde se puja a ciegas por trasteros expropiados. Capitalismo y espectáculo en su máxima expresión.
🖼️ Punto tres: otra vida
Pero hay cosas que ni se tiran ni se guardan porque tienen cierto valor material y pueden venderse. En mi caso no lo he hecho con las propiedades materiales heredadas, que están en cajas a la espera de que algún día se tercie que pueda retomar el proceso de criba. En mi caso lo he hecho con mis propias cosas.
Desde hace un tiempo, cada pocos años ‘movemos’ la casa. Cambiamos habitaciones, reubicamos objetos, quitamos armarios, cosas así. Eso ha llevado a que hayamos abierto nuestras propias cajas y hayamos ido tirando o vendiendo muchas cosas. Y este año ha tocado decidir el futuro de mi música, películas y series. Años y años, centenares -quizá miles- de euros y buena parte de mi identidad que llevaba años en cajas bajo una cama.
Al final, convencido de que jamás iba a volver a ver esas películas en DVD, ni a escuchar esas canciones en CD, decidí meterlas en bolsas e ir a venderlas. Me dijeron que si los vendía uno a uno sacaría más, pero no tenía tiempo ni ganas de hacer fotos y subir cosa a cosa -eso lo reservo para el puñado de cosas que vendo de forma activa-. Total, hice cinco bolsas grandes, de esas de supermercado, y me fui de tiendas.
En una me ofrecieron 85 euros por dos bolsas. Mientras la dueña del local miraba lo que le daba farfullando que estaba en un estado fatal -no era cierto- vi que vendía por 80 euros uno de los packs que yo llevaba. No esperaba que me ofreciera mucho, pero aquello me pareció demasiado descarado. En la segunda tienda, mientras se repetía el ritual -aquí eran dos las empleadas que farfullaban que había cosas para tirar, siendo que tampoco era cierto- me ofrecieron unos doscientos euros por todo. Acepté.
Sé que lo que llevaba valía mucho más. Que con paciencia y ganas -y tiempo, y espacio de almacenamiento- hubiera sacado bastante más dinero. Pero decidí quedarme con eso y liquidar el problema, ganar espacio y ya de paso enterrar años de juventud musical. Quise consolarme pensando que, en fin, a alguien le alegraría encontrar alguno de mis CDs, que canciones que me hicieron feliz a mí harían ahora felices a otras personas en otras vidas, que al menos con esta venta algunos hacían negocio en una tienda pequeña y que así se generaba empleo.
Qué le voy a hacer, soy el típico imbécil contento de pagar impuestos porque eso ayuda a construir lo de todos, cuando a mi alrededor sólo veo a gente que defrauda escatimando lo que tienen que pagar, contratando de forma irregular, cobrando en negro o haciendo ingeniería contable para llevarse no sé qué subvención.
Pero es lo que hay, así es como funciona el sistema, con imbéciles como yo, dispuestos a despojarse de parte de su memoria porque la memoria sí ocupa lugar y en una casa el espacio para la memoria es limitado. Y si es limitado con la memoria de uno cómo no lo va a ser con la memoria de los demás, por más que fueran tus seres queridos. Y más cuando los objetos, sin dueño que los habite y explique, se convierten en trastos sin sentido.
Este verano he leído, entre otros, ‘Futurofobia’, de Héctor G. Barnés. Básicamente viene a decir que vivimos con miedo al futuro, que pensar que todo va a ir peor es lo que nos queda tras haber encadenado crisis económicas y sistémicas en los últimos años. Hay un poco de ligazón forzada en causas dispares y consecuencias comunes, pero es una reflexión interesante sobre los tiempos que vivimos y el porqué de algunas cosas. Según el criterio del autor esta carta es futurofobia pura, seguro.
🤔 Uniendo los puntos
Si has llegado hasta aquí habrás deducido que la ropa me interesa poco, pero los trasteros menos. Son lugares oscuros, vaciados de contexto, congeladores de tiempo que traspasan una criba de polvo entre generaciones. Y dentro de las cajas, una nada sin sentido: esas cosas tenían un porqué cuando sus propietarios las habitaban, pero se convierten sólo en trastos cuando se van. Tuvieron valor sólo por lo que eran para sus dueños y, con ellos, para los demás.
De hecho, si lo piensas, también las personas somos a través de otros, y la muerte de alguien querido implica que también se vaya una parte de nuestra identidad. Hay sitios -edificios, restaurantes, ciudades- a los que nunca volveremos. Hay lugares en los que ya no nos conocerán porque no éramos nosotros, sino alguien cercano a esa persona que ya no está. Antes te saludaban, ahora ni te conocen. Para ser reconocidos tendríamos que explicar nuestra relación con quienes ya no están, explicarnos a nosotros mismos a través de quienes se fueron para intentar recuperar el trozo de identidad que se llevaron. Al menos a nosotros no nos dejaron en cajas.
Y, ahora sí, me despido. Ánimo con la vuelta y disfruta del viaje: piensa que al final lo más importante es lo que no se puede meter en cajas de cartón ni publicar en tus redes sociales.
Te escribo de nuevo en unos días 👋🏻