Eurovisión enseña mucho sobre política. En esta ocasión, sobre polarización y bipartidismo.
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En política muchas mujeres han llegado a ser notorias segundas, pero en pocas ocasiones logran ser las primeras. La alargada sombra masculina también las amenaza. Y, sorprendentemente -o no-, sucede más en los países más desarrollados.
En una política cada vez más condicionada por la imagen, las tendencias se contagian. Las camisas blancas arremangadas para los que intentan lucir modernos, las melenas rubias para los ultranacionalistas, las gafas entre el soberanismo…
Adelantar unas elecciones pensando fortalecer posiciones y acabar perdiendo por goleada empieza a ser tendencia. A Theresa May le ha pasado lo que en España han vivido ya Artur Mas o Susana Díaz. Pero en su caso con un agravante: el brexit, complicado ya de por sí, se convierte en una crisis de final impredecible.
Ha sucedido lo que nadie esperaba y la mayoría no deseaba, al menos fuera del Reino Unido: el referéndum sobre la continuidad del país en la UE deja a Europa con un socio menos, con su enésima crisis y con un buen motivo para la autocrítica.
Europa todavía convulsiona por las consecuencias económicas de la crisis. La más palpable, vivida en su principal víctima, el torbellino político que ha hecho que la ultraizquierda gane en Grecia al tiempo que la ultraderecha empieza a hacerse fuerte en el Parlamento. Pero hay muchas más causas y consecuencias.