En el propio significado de ‘oposición’ viene la idea de oponerse, de decirle que no al Gobierno de turno. La cuestión es cuando el ‘no’ es continuo y lleva al país a una situación insostenible. Incluso cuando se instaura como estrategia. Y ejemplos sobran. El más reciente es el de Portugal, que se ha convertido en el tercer país europeo que no maneja su propia economía.
Días antes de pedir el rescate que hipotecará su futuro, el último gobierno ‘real’ del país propuso al Parlamento un conjunto de recortes que la oposición, enrocada en un discurso populista, tumbó. Pesó más la perspectiva de una victoria electoral que el hecho de empujar al país a un rescate que incluye medidas de recorte mayores que las rechazadas.
Semanas después, las bolsas de todo el mundo caían cuando S&P amenazaba con rebajar la calificación de la deuda estadounidense. El motivo, la situación de bloqueo administrativo que la oposición republicana estuvo cerca de forzar al no ratificar las cuentas de la Administración de Obama.
Y hay más casos: Bélgica ha batido ya el récord de días sin Gobierno por la polarización de las fuerzas con representación, entre las que hay ultranacionalistas como el Vlaams Belang. En Finlandia, la emergente ultraderecha podría obligar al Gobierno a incumplir su obligación de estado miembro de la UE si impone como condición decir no al rescate a Portugal.
En España el Partido Popular estuvo durante semanas dudando de la solvencia española en plena tormenta de especulación en los mercados. ¿Vale todo para llegar al poder?