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¿Nos estamos volviendo mojigatos?

La cultura, como tantas cosas en la vida, parece no escapar a los ciclos. Igual que la economía nos ofrece años de bonanza en los que nos dedicamos a derrochar y años de crisis en los que nos arrepentimos de haber derrochado, las artes pasan sus épocas de excesos y sus momentos de contricción. ¿Y cómo se nota? Cuando cosas que se aceptaban años atrás de pronto son censuradas y atacadas. Ahora bien, ¿vale todo en el arte? Aviso: en este post hay imágenes que pueden resultarte molestas si tienes fuertes creencias religiosas.

La segunda mitad de los años ’60 y el principio de los ’70 debieron ser el despiporre. Si vivías en EEUU, eras joven y te atrevías a llevar la contraria, claro. Si vivías en algún lugar de Latinoamérica, Portugal o España desde luego no eran tal despiporre. Pero en aquella época algunos comenzaban a experimentar. Era el caso de javier Krahe, primer compañero de Joaquín Sabina en La Mandrágora, que hacía performances provocadoras, como este vídeo en el que ironiza con cómo cocinar un crucifijo.

Absurdo, para la mayor parte de nosotros, pero provocador para muchos. Tanto es así que el vídeo volvió a la vida décadas después porque fue emitido en televisión. Una organización llevó a los tribunales al artista y a la productora y tuvieron que sentarse ante el juez para declarar. Sí, por algo que había hecho cuando no existía ni la democracia. Otro artista vivió algo similar por hacer un comentario político. Se trata del ahora fallecido Pepe Rubianes, humorista catalán que habló de «la puta España» en la televisión y le valió una oleada de intensísimas críticas.

El tema llegó a tal punto que muchos olvidaron su trayectoria como humorista más o menos provocador, lo llevaron a la temática política y acabaron hasta celebrando su muerte. Andreu Buenafuente quiso honrar la memoria de uno de sus mejores amigos en uno de los monólogos más sentidos que se le recuerdan cuando murió, y también cuando el Supremo le condenó por insultar al alcalde de Salamanca… cuando ya llevaba año y medio muerto.

No son los únicos casos de ‘resurrección’ de polémicas superadas. En Yorokobu ya se han repasado algunas de las más polémicas portadas de los Scorpions, entre las que destaca una especialmente. Virgin killer fue un disco publicado en 1976. En su portada, la imagen de una niña desnuda con un impacto en sus partes íntimas. La portada fue tan polémica en su día que tuvieron que sacar una alternativa.

¿Asunto zanjado? No. En 2008 censuraron a la Wikipedia por tener la imagen de la carátula almacenada. Muy distinto ha sido el trato que ha recibido Nevermind, de Nirvana, disco con una de las portadas más versionadas que se recuerdan. O las imágenes de Yoko Ono y John Lennon desnudos, qué diferencia de trato y de paso al imaginario cultural colectivo respecto al polémico pecho que se le vio a Janet Jackson años atrás en la Super Bowl y cuyo escándalo provocó que se reabriera el caso hace apenas dos años. ¿Por qué molestan estas cosas en un país donde la violencia y las armas alcanzan cotas mucho más altas que en otros países de occidente?

¿Todo es arte? ¿Es arte cocinar un crucifijo? ¿Es humor criticar la unidad de España? Las mismas preguntas se podrían aplicar a un montón de casos. ¿Es humor caricaturizar a Mahoma? Para muchos musulmanes no, y menos para los radicales que pidieron la cabeza de los viñetistas del danés Jyllands-Posten. ¿Es humor insistir en la publicación como hizo el semanario satírico francés Charlie Hebdo? ¿Es aceptable montar una exposición con imágenes religiosas que los fieles consideran blasfema? ¿Es normal que existan estos debates en un país supuestamente aconfesional? ¿Es normal que también se denuncie a un artista por meter una imagen de Franco en una nevera en ARCO? ¿O lo anormal es la obra de arte en sí?

El debate es doble, por tanto. Dónde empieza y dónde termina la licencia artística, si es que debe tener límites, y dónde empieza y dónde termina la libertad de los demás para no tener que ofenderse por sus creencias. ¿Recordamos a las ‘Mama Chicho’ o la actuación de Sabrina? ¿Criticamos lo que hacen programas de telebasura en nuestras pantallas? ¿Aplicamos el mismo medidor para todos esos ejemplos?

Capítulo aparte merece la publicidad, que muchas veces busca provocar para conseguir notoriedad. Hace tiempo no era raro que ver anuncios de armas, racistas, machistas o recomendaciones médicas asociadas al consumo de tabaco. Sin embargo, hoy hay anuncios que despiertan polémicas mucho más agrias.

Hay ejemplos comúnmente aceptados, arte hecho con religión que es aceptado y valorado. Como el musical ‘Jesucristo Superestar’, un clásico de los teatros. O, ya a nivel local, la veteranísima tira cómica de ‘Dios mío’, que El Jueves ha publicado durante los últimos años. Ahora bien, ¿es posible imaginar qué pasaría si ‘Jesucristo Superestar’ fuera una creación española que se hiciera hoy en día?