Prototipo de teléfonos modulares de Google (Fuente: Google)
Prototipo de teléfonos modulares de Google (Fuente: Google)

La cruzada quijotesca de Google: así se arriesga con sus desarrollos futuristas

El negocio de las tecnológicas no es sencillo, especialmente porque no les vale con liderar el hoy: también tienen que pensar en el mañana. Eso, que en el mundillo se conoce como ‘moonshots’, es lo que hace Google: experimentar con innovaciones quijotescas… muchas de las cuales acaban en un cajón. Al menos, de forma temporal.

 

En la tecnología de consumo moderna hay una máxima necesaria: que la tecnología no se note demasiado. No es que no queramos hacer ostentación de ella, sino sencillamente que el éxito de la tecnología en la vida cotidiana es que sea algo más, natural, en nuestro día a día. Algo que podamos integrar a nuestras costumbres y rutinas sin hacer un esfuerzo y sin que nos suponga un cambio de hábitos.

Por eso, por ejemplo, el smartphone ha supuesto una revolución. No se creó un paradigma nuevo de la nada, sino que se aprovechó algo que ya existía y funcionaba: el teléfono móvil. Lo que se consiguió fue añadir nuevas funciones propias de un ordenador, una cámara y una consola a algo que ya llevaban en el bolsillo millones de personas. Como en las películas distópicas, es la lógica del contagio masivo: algo a lo que estamos expuestos todos de pronto cambia y nos alcanza a todos. Llámalo gripe A, llámalo tecnología.

Pero no todas las películas sobre el futuro son distópicas. Estamos cansados de ver producciones en las que una tecnología futurista hace tremendamente fácil la vida, con un control absoluto de los riesgos e infinitas capacidades al alcance de la mano. Y, casi siempre, se plantea una pregunta clave que te hace darte cuenta de que estás ante una ficción: ¿qué empresa apostaría por crear una tecnología como esa -la que sea-, con la enorme inversión que requiere?

Google es, posiblemente, la empresa que mejor encarna ese espíritu de la ciencia ficción, y ya lo ha demostrado en alguna ocasión. A nadie se le escapa hoy en día lo genial que es la idea de mapear el mundo entero y, aprovechando los satélites, geolocalizarte y orientarte de forma gratuita. Pero fue Google quien lo hizo, desbancando a las emergentes empresas de GPS y colándose en todos los dispositivos, incluso los de la competencia.

Y es que Google es, en ese sentido, una empresa rara. Y su principal rareza es que es difícil definir a qué se dedica en realidad.

Porque sí, Google es un buscador, una puerta de entrada a internet que jerarquiza, guía y decide qué contenidos ve el internauta. Datos e información, al final. Eso, que tiene un valor intangible enorme, se monetiza en la publicidad -que no deja de ser otro intangible-. ¿Cómo hacer, entonces, tangibles esos intangibles?

La segunda gran rareza de Google es que, por (y, a la vez, a pesar de) ser una empresa y de mover millones de euros, se permite el lujo de invertir en cruzadas quijotescas que tan pronto pueden suponer tirar el dinero a la basura o, quién sabe, revolucionar la tecnología actual. Lo segundo suena prometedor, pero lo primero es un riesgo inasumible para cualquier empresa sensatamente conservadora. Pero Google no es de esas.

Es lo que en el mundo tecnológico se conoce como los ‘moonshots’ de Google, que aquí podríamos llamarlo de forma castiza los ‘brindis al sol’ de la compañía. E incluso tienen una división entera para ello, llamada -no sin retranca- Google X, que definen como “una fábrica de ‘moonshots’ “, al tiempo que definen su misión como “inventar y lanzar tecnologías que esperamos que un día puedan hacer del mundo un lugar radicalmente mejor”.

Dentro de X, una de las inversiones más alocadas pero ‘realistas’ (atendiendo a su modelo de negocio) es el llamado Loon Project, que consiste en poner gigantes globos aerostáticos flotando alrededor del mundo para abastecer de señal de internet a los países menos desarrollados. Ellos lo venden como algo casi humanitario, aunque en el fondo esconde la intención de ampliar su cartera de clientes, lógicamente.

Pero hay proyectos más ‘tangibles’ dentro de Google que, en la línea con las películas de ciencia-ficción, podrían cambiar -y mucho- la forma en la que vivimos en apenas unos años.

Del proyecto del que más se habla ahora es del ‘Google self-driving car‘, el coche que va solo. Desde que Google lo ha puesto en la agenda, el interés en esa tecnología se ha multiplicado. Ahora no pocas marcas comerciales como Ford o Mercedes anuncian modelos con opciones de asistencia al aparcado o lo que parece casi un ‘piloto automático’ para vehículos particulares, con sistemas inteligentes que detectan fatiga, frenan de forma automática, avisan de cambios involuntarios de carril o leen señales de tráfico.

Las ventajas de un coche que se conduzca solo pueden ser enormes, pero las repercusiones en el mundo real también. Cabe esperar que si la tecnología funcionara correctamente se reduciría drásticamente la mortalidad, sería imposible conducir vulnerando las normas de circulación -con el ahorro en combustibles y en emisiones que eso supondría- y hasta se podría regular el tráfico de forma más eficiente. Ahora bien, aseguradoras y demás negocios alrededor de uno de los sectores más rentables del mundo tendrían que replantear su estrategia.

El proyecto avanza con pruebas de rodaje ya en zonas urbanas, de momento con velocidades muy limitadas (y un diseño muy feo). El salto del laboratorio de pruebas a la carretera real que supone el mercado determinará el éxito final de la ocurrencia.

Y esa es la clave: entre los sueños y el éxito comercial hay un abismo que Google no siempre ha sabido saltar. Los proyectos prometedores a veces se quedan en eso, en promesas. Justamente por vulnerar la primera regla: que la tecnología no se note ni suponga algo artificial.

Es lo que le está pasando de momento a los smartwatches, que estaban llamados a ser la próxima tecnología disruptiva y a la que de momento cuesta encontrarle la utilidad real, o lo que pasó a las Google Glass.

Nacidas como idea para cambiar la forma en la que interactuamos con la tecnología a nuestro alrededor, aquel vídeo glosando algo que parecía sacado de una película pasó a hacerse realidad… y fracasar.

Las posibilidades eran inmensas: ver notificaciones sin sacar terminal alguno, ver un mapa ante tus ojos, tomar fotos con un guiño o hasta reconocer a quien tienes delante sin tener que tener memoria. En la imaginación, Google Glass respondía a muchas de las necesidades más básicas de la relación social actual. Pero en la realidad, todo se fue al garete: tras sacar algunos prototipos de más de mil euros (aún se pueden comprar algunos en Amazon, aún más caros), y tras varias dudas alrededor de la viabilidad de un producto tan prohibitivamente caro, Google cerró esa división y la dejó en manos de los desarrolladores.

¿Qué falló? El precio, claro. La utilidad palpable, quizá. El diseño, desde luego. Porque volviendo a la idea de una tecnología que no se note, ¿quién demonios va a ir todo el día con unas gafas puestas si no las necesita? Y, ¿cómo camuflamos el dispositivo -que era un acople horrible a la montura-?

Además de los globos o el coche, hay otro proyecto en ciernes en la factoría de ensoñaciones de Google que se debate entre el futuro y el fracaso. Se trata de Project Ara, una idea para crear móviles modulares que permitiera al usuario personalizar sus necesidades tecnológicas, configurando qué tiene el móvil poniendo y quitando trozos.

La idea lleva años de desarrollo, y en teoría tenía que haber dado sus frutos hace meses… pero nada. Y justo cuando todos lo daban por amortizado, revelan un nuevo vídeo enseñando algunas propuestas y anunciando novedades inminentes.

Suena útil y -esta vez- no incumple la primera norma de la tecnología moderna. Ahora bien, ¿será la barrera del diseño y la utilidad salvable para hacer del proyecto algo más que un ‘brindis al sol’?

Google, mientras, a lo suyo, buscando cambiar el mundo. Con que uno de esos proyectos fragüe quizá baste para lograrlo. Y si no, se dejará la rentabilidad por el camino. Al menos se arriesgan a intentarlo, a hacer menor esa brecha del siglo XXI con las películas de ciencia ficción.