Banderas autonómicas (Fuente: Agencias)
Banderas autonómicas (Fuente: Agencias)

¿Y si la solución para Cataluña pasara por fijar que no todas las regiones sean iguales?

Los equilibrios territoriales nunca se le han dado bien a España. Se conjugan dos tendencias enfrentadas: las regiones que se sienten diferentes e intentan hacerlo patente, y aquellas que sin sentir esa diferencia pugnan por no quedarse atrás del resto. Café para todos, aunque no quieran café.

 

Cuando Cataluña reformó su Estatut de autonomía en 2005 se abrió la caja de los truenos. Aquel texto, tras ser tumbado por el Tribunal Constitucional, trajo consigo la sucesión de acontecimientos que llevaron al ‘procés’ iniciado en 2011 y que ha acabado con la aplicación del artículo 155 de la Constitución y la suspensión del Govern y la autonomía de Cataluña a efectos prácticos.

Pero, más allá de eso, aquella reforma tuvo un eco menos visible pero muy elocuente: una cascada de reformas de Estatutos de Autonomía en distintas regiones. Así, la Comunidad Valenciana, Andalucía, Aragón, Castilla y León y Baleares modificaron sus textos legales en apenas un año, entre 2006 y 2007, casi todas ellas bajo gobierno del PP, y en varios casos ‘copiando’ articulado del Estatut catalán que tumbó el Constitucional.

Cada región, eso sí, copió la parte que le interesaba. Ninguna se definió como nación, pero sí hubo arreglos en lo referente a temas calientes, como por ejemplo las cuencas hidrográficas. Aquellos años de fiebre reformista tuvieron un segundo arreón un tiempo después, cuando Navarra, Madrid y Extremadura se sumaron a las reformulaciones estatutarias entre 2010 y 2012.

Cataluña buscaba encaje en una España 30 años más madura que aquella que alumbró la Constitución

Fue, por así decirlo, la versión actualizada del ‘café para todos’. De la misma forma que se redactaron las bases legales de la España democrática incidiendo en la igualdad de todos los españoles, y por tanto de sus autonomías, se vivió un ‘efecto plagio’ en toda la geografía patria. Ahora bien, ¿necesitaban todas las autonomías reformular sus Estatutos?

El caso catalán, el que abrió el melón, respondía a una problemática clara: un sentimiento nacionalista moderado con ciertas peculiaridades (lingüísticas, culturales, de definición) que buscaban encaje en una España 30 años más madura que aquella que alumbró la Constitución.

El resto aprovecharon el melón abierto para no ser menos. De paso, en el caso concreto de la Comunidad Valenciana se equiparaba a las regiones de mayor peso entrando en el club de las autonomías que en adelante tendrían que votar en referéndum cualquier otra reforma -como ya era el caso de Cataluña, País Vasco, Galicia y Andalucía-.

Podría decirse, por tanto, que existe cierto movimiento de ‘homologación’, por el que todas las autonomías quieren aparentar ser iguales

Hubo otro ejemplo similar algo anterior con la proliferación de televisiones autonómicas, cuya supuesta misión era la promoción de la cultura, idioma y costumbres locales. Cinco autonomías la lanzaron en 1989 (País Vasco, Galicia, Comunidad Valenciana, Andalucía y Comunidad de Madrid), una que la lanzó una década después (Canarias) y cinco más que lo hicieron con el cambio de siglo (Castilla-La Mancha, Baleares, Aragón, Asturias y Murcia)

Podría decirse, por tanto, que existe cierto movimiento de ‘homologación’, por el que todas las autonomías quieren aparentar ser iguales, pero que, en paralelo, no todas las autonomías son iguales. Las hay con más peso histórico, con idioma propio, con peculiaridades y con vicisitudes distintas.

Decir eso, cuando el artículo 14 de la Constitución promulga la igualdad de todos los españoles ante la Ley, puede sonar controvertido. Sin embargo, es una cuestión más bien objetiva: zonas como Castilla-La Mancha o la Comunidad Valenciana necesitan una política hídrica que otras como Galicia o Asturias no. Ceuta y Melilla, por ejemplo, no tienen transferidas las competencias de Educación y no supone ningún problema para ellos, mientras que viven tensiones migratorias incomparables a ninguna otra zona. Y regiones como Cataluña o País Vasco tienen un sentimiento nacionalista que no existen en Murcia o Extremadura.

En general, la tensión nacionalista se suele focalizar en lo político -el sentimiento diferencial- o lo económico -los desequilibrios en la financiación-, pero se manifiesta en muchas otras cuestiones. Sirvan como ejemplos, por citar dos, el reto de la despoblación al que se enfrentan zonas de Aragón y Castilla y León, o la pelea por recursos -como lo del almacén de residuos nucleares de hace unos años-.

En términos generales, no todas las autonomías tienen los mismos problemas, ni comparten las mismas reivindicaciones. Asumir, por tanto, que puede haber no dos velocidades, sino diecisiete, y que España no tiene porqué ser una, sino muchas, podría ser una posible vía de solución a los problemas que acechan. Porque durante cincuenta años fue el País Vasco y ahora es Cataluña. Pero ninguna de ambas querencias ha encontrado solución todavía, y no tiene visos de encontrarse.