Mariano Rajoy, en el Congreso (Fuente: Agencia EFE)
Mariano Rajoy, en el Congreso (Fuente: Agencia EFE)

Un Rajoy inexorable para una España ingobernable

Da igual cuántas elecciones lleve asumirlo, pero Rajoy se sabe presidente de forma inevitable. Por lo pronto, ha aniquilado a Ciudadanos, su único rival posible, que es precisamente su aliado. Ahora mismo Sólo hay dos alternativas a su liderazgo: revolución interna en el PP o desbocamiento izquierdista del PSOE. Y ambas son improbables a día de hoy.

 

Cuando el ‘felipismo’ agonizaba existía una sola duda acerca de su sucesión en La Moncloa: cuándo llegaría. González y su interminable sombra resistirían como titanes a aquel 1993 en el que Aznar parecía tenerlo hecho. Tardó tres años más, pero inexorablemente llegó. Su sombra, sin embargo, era distinta y todos los analistas coincidían en una única dirección: Aznar carecía de carisma. Ocho años después, con carisma o sin él, hay algo en que todos los españoles podían coincidir: si algo había tenido su mandato era firmeza en la ejecución.

Mariano Rajoy, claro, no es Aznar ni quiere serlo. Al menos en las formas. En las ficciones televisivas, ante situaciones de crisis tan desesperadas como la que se desató en otoño de 2007 y colea hasta nuestros días, sólo un líder capaz, carismático, decidido y firme sería capaz de lidiar con todo y levantar la situación. Pero España, que tiene mucho de televisiva pero poco de ficción, es diferente en eso: elegimos a un tecnócrata.

El presidente del Gobierno en funciones es el perfil perfecto de carácter funcionarial: hijo del sistema, orfebre de la burocracia, metódico en las decisiones, cuadriculado en los tiempos.

El presidente del Gobierno en funciones es el perfil perfecto de carácter funcionarial: hijo del sistema, orfebre de la burocracia, metódico en las decisiones, cuadriculado en los tiempos. Frente al carisma o la audacia alguien que no hace, sino que deja pasar. «Siempre he preferido caminar rápido a correr», explicaba él mismo en su campaña mientras recorría pueblos de España haciendo una especie de trote. Muchos critican su aparente falta de empuje, pero es eso exactamente lo que él lleva a gala.

Rajoy no engaña a nadie en esto. En uno de sus últimos cruces parlamentarios con Zapatero le dijo que él aspiraba a ser un presidente «previsible». Lo dijo como oposición a lo que, a su juicio, era una política improvisada y efectista bajo mandato del socialista. Pero se le vieron las intenciones. Rajoy no es que sea previsible, ni lento, ni pasivo, ni falto de carisma. Rajoy es la sublimación de la imagen del gallego, el encogimiento de hombros, el más gris de los funcionarios, el hombre que para decidir deja pasar el tiempo.

A estas alturas el país se encamina a su primer año sin gobierno, pero él no tiene prisa. Consiguió sobrevivir a la corrupción acuciante, a la pérdida de la mayoría absoluta y a la certeza de que fuera de las puertas de su partido todos -o casi todos- están contra él. El reloj corre, en cualquier caso y siempre, a su favor. Sabe que su hegemonía no peligra mientras él siga siendo el líder de su partido, y de momento ninguna voz interna se ha alzado para pedir un relevo que, según sus rivales, podría facilitar la investidura de otro presidente popular. Él impone los tiempos e impone la calma, es la única alternativa a sí mismo.

En la tribuna de oradores, como parte de una estrategia básica en política, culpaba a los demás del bloqueo institucional. El rechazo frontal de los socialistas hace que su acuerdo con Ciudadanos, aunque mucho más valioso que el que intentaron Pedro Sánchez y Albert Rivera, siga siendo insuficiente. Los demás le devuelven la pelota, enzarzados como están en guerras internas. Sánchez es preso de su ‘no’, y no puede cambiar su posición porque supondría ser descabalgado de la secretaría general socialista una vez se confirme su paso a la oposición. Victoria o muerte, básicamente, y mientras haya partido hay esperanza.

Si a Sánchez le va bien la situación de oposición en funciones, a Rajoy le va aún mejor el mandato temporal. Tras el 20D corrió algunos riesgos inusitados: no sólo plantó al Rey -algo que levantó ampollas en su entorno- sino que dejó la iniciativa a Sánchez esperando que fracasara y confiando en que no fraguaría una alianza con Podemos mientras el fortín socialista siguiera establecido en Andalucía. Nuevamente acertó a base de no hacer nada.

En este segundo intento Rajoy, fortalecido al haber conseguido ser el único candidato que mejoró sus resultados, ha vuelto a jugar sobre seguro. Se ha dejado querer por Ciudadanos firmando un documento que le compromete a nada y ha retomado la posición de dominio sobre el tablero. Por una parte, se presenta ante el Congreso con 170 votos a favor, lo que le deja al borde de ser indiscutible. Por otra, ha aniquilado a su único rival posible, que es precisamente su aliado.

Rajoy, como el destino, es inevitable, y da igual cuántas elecciones lleve asumirlo, pero se sabe presidente

A Ciudadanos no le fue bien intentar pactar con el PSOE. Le funcionó en cuanto a lo de marcar agenda, pero los votantes le penalizaron en las urnas tras el fracaso. Así las cosas, como Rajoy, los de Rivera han ido a lo seguro: han vuelto a proponer un pacto de investidura -nunca una cuarta fuerza a tanta distancia de las tres primeras consiguió tanto protagonismo-, esta vez al PP. El problema es que cabe esperar que los efectos de un hipotético fracaso sean demoledores: muchos votos de Ciudadanos viene de un votante popular crítico con su partido, a quienes a buen seguro no les habrá gustado ver que su apoyo ha ido a parar, inevitablemente, al mismo saco.

Sólo una revolución interna en el PP para forzar otro candidato, o un desbocamiento izquierdista en el PSOE que permitiera una alianza con UP podrían cambiar el futuro inexorable. Pero lo inexorable, como bien sabe el hijo del sistema, casi siempre acaba llegando.

Así las cosas, vuelta al principio. Rajoy, el que camina rápido, clama que unas terceras elecciones serían un error y una irresponsabilidad. Pero juega a su favor la baza del hastío, de la desmovilización y del abrazo del oso a Ciudadanos. Parece que Rajoy, como el destino, es inevitable, y da igual cuántas elecciones lleve asumirlo, pero se sabe presidente de una forma u otra. Como cuando Aznar, sólo es una cuestión de tiempo.