Mariano Rajoy en el arranque de la campaña (Fuente: Reuters)
Mariano Rajoy en el arranque de la campaña (Fuente: Reuters)

Ni la corrupción, ni la crisis, ni Ciudadanos: el PP vive de un electorado a prueba de bombas

La campaña de las municipales de 2011 iba a ser un paseo triunfal para el PP. Consciente de su ventaja sobre el terreno, Rajoy colocó a una de sus piezas más preciadas en un territorio poco importante en lo estratégico, pero de vital importancia a la hora de aniquilar al rival: Cospedal, que entonces ya era su ‘número dos’ a nivel orgánico, fue la elegida para encabezar la operación en Castilla-La Mancha.

Algunos criticaron la decisión por la bicefalia -poder en el partido, poder en lo autonómico- pero funcionó. El PP le arrebató al PSOE un territorio de enorme valor emocional y de paso le quitó a Rajoy un problema a la hora de buscarle un ministerio a la secretaria general para evitar roces con Sáenz de Santamaría.

El PP se ancla a las estructuras más resistentes al cambio, las más conservadoras, y no sólo en lo ideológico

La victoria se cimentó en dos variables bien definidas desde Génova. La primera, la masa de emigrantes madrileños de clase media-alta que se instalaron en Guadalajara, en zonas de nueva construcción al socaire del pelotazo de los terrenos por los que discurría el AVE -donde llegaba además la emisión de Telemadrid, en lo que no se entendió como una injerencia territorial-. Eran mayoritariamente votantes del PP y acabaron por decantar la balanza en el escaño definitivo.

El segundo gran factor que decantó la victoria fue la búsqueda del voto puerta por puerta, algo que José Bono trabajaba bien (cada vez que sacaba un libro se encargaba de que todos los alcaldes lo recibieran y leyeran). Rajoy mandó a Cospedal a recorrer cada pequeño pueblo -y en Castilla-La Mancha hay muchos pueblos muy pequeños-. Aldea a aldea, apretón de manos a apretón de manos. A Rajoy, al contrario de lo que podría parecer, le va mucho el trabajo de calle, y es algo que inculcó bien a Cospedal.

Al final la victoria en aquellas autonómicas y municipales fue mayor de lo pronosticado: el PSOE se quedó sólo con Andalucía y Asturias -y por los pelos- y empezó la conquista de un poder casi absoluto. El mayor poder jamás visto en democracia y, quitando a la UCD, el más rápido en evaporarse.

Fuera de las capitales no llegan los emergentes

En el PP conocen muy bien sus fortalezas. Si bien el electorado urbano se ha mostrado mucho más voluble en los votos -ahí están las confluencias de izquierda gobernando muchas de las principales capitales poco tiempo después de irrumpir-, el electorado rural es más lento al cambio. Influye, claro, que los partidos nuevos aún no han tenido tiempo de desarrollarse y alcanzar la capilaridad que años de bipartidismo han ayudado a forjar. Según el CIS, además, una gran mayoría de los votos del PP vienen de gente mayor, que les vota en masa.

Y, en términos generales, ambas cosas mimetizan muy bien con cómo trabaja el PP: se ancla a las estructuras más resistentes al cambio, las más conservadoras -no sólo en lo ideológico-. Sirva un ejemplo de muestra: en las elecciones del 11M, aquellas en las que el PP pasó de la mayoría absoluta a la oposición, la gente suele creer que el partido se derrumbó. Nada de eso: apenas cayó un 5,4% en votos entre 2000 y 2004.

El votante del PP es, por tanto, sólido como una roca. Tradicionalmente porque el partido, desde que se convirtió en una fuerza hegemónica, no ha tenido competencia en su extracto ideológico. Ahora, aunque la tiene, cuenta con ese ‘conservadurismo’: sus votantes, como las zonas rurales, como los mayores, cambian lento de sentido de voto. De hecho, el votante tipo de Ciudadanos, el rival que le discute la primacía del centro-derecha, es muy distinto: ellos van a por la clase media y media alta de ámbitos urbanos. Nada que ver.

La amenaza de Ciudadanos y el daño de su gestión -crisis, corrupción, promesas rotas- le han hecho daño, eso es indudable. Pero esa inmutabilidad de su votante hace que la caída sea insuficiente como para hacerle daño. La caída en votos del PP ya va por el 30% -entre la victoria de 2000 y la de 2015-, pero sigue encabezando los sondeos, y con mucho margen.

Todo esto, que hasta ahora le ha valido, le sigue valiendo. Ahora no es Cospedal la que ‘patea’ los pueblos de la Meseta, sino que es el propio Rajoy quien saca a relucir las cualidades de las que más le gusta presumir mientras hace marcha por Badajoz. “Quiero ser un presidente predecible”, dijo hace años. Ahora ahonda en la idea del mínimo riesgo y la responsabilidad con un “cuando no corres tienes menos posibilidades de tropezar”.

No sólo apunta hacia ámbitos alejados de las grandes capitales, también se acuerda de su principal nicho de votantes. Hace unos días Javier Maroto, uno de los llamados a renovar la cúpula del PP tirando de argumentario como cualquiera antes que él, mencionaba en un debate televisivo que ningún partido pensaba en los jubilados como el suyo. El guiño no era baladí.

El PP es consciente de que la campaña que ahora empieza no será como la anterior: la repetición de las elecciones y la alianza de fuerzas de izquierda le sirve en bandeja una nueva victoria -lo primero porque desmovilizará el voto, lo segundo porque polariza la campaña-. Si se afianza la idea del ‘sorpasso’ de UP al PSOE será ellos o nosotros, derecha o izquierdas, sin matices ni ambages. Y en esa contienda gana, de nuevo, el electorado monolítico.

Por eso la estrategia del PP se basa únicamente en reforzar sus nichos -fuera de la ciudad y gente mayor- y corregir algunos errores: aunque sabe que tiene poco que ganar, se acerca a los jóvenes y al público urbano con guiños rebuscados. Esta vez sí irá a ‘El hormiguero’, sí ha participado en el debate a cuatro e, incluso, se permite acciones divertidas y modernas. Si el 20D sorprendió con el vídeo del hipster, ahora lo hace con el de los gatos.

El PP no necesita mucho más para ganar. Si ni los escándalos de corrupción han podido con su imagen nada lo hará. Otra cosa es, claro, que consiga la mayoría suficiente. Pero su ventaja es que sabe que sus tres rivales son irreconciliables, y que sólo la abstención de uno de ellos a favor de los otros dos puede desalojarle de La Moncloa.

Mientras, junto a la campaña de tono moderado para que sean los demás los que se desgañiten, se cuela alguna bomba de humo: mientras la gente hable de la versión latina del himno del PP (que evidentemente no va a por el nicho emigrante) no hablarán de lo demás. Y todo seguirá igual, que es el objetivo.