Mariano Rajoy y Albert Rivera (Fuente: Wikimedia Commons)
Mariano Rajoy y Albert Rivera (Fuente: Wikimedia Commons)

Los sondeos favorables a Ciudadanos, más una preocupación que una alegría para Albert Rivera

El frío de este año está sentando muy bien a Ciudadanos. El estallido otoñal de la tensión con el soberanismo catalán, y la posterior gestión del PP del asunto, inició una temporada favorable para los ‘naranjas’ que alcanzó su primer gran hito con la celebración de las elecciones catalanas. Su victoria, tan inesperada como poco útil a efectos prácticos, supuso sin embargo todo un aldabonazo de moral y de crecimiento.

Es cierto que ganar en minoría no basta para gobernar en una Cataluña fracturada, pero sí para algo estratégicamente más importante a medio plazo: horadar la base electoral del PP. La victoria de Ciudadanos desató el inicio de una guerra en la derecha, ya que los populares vieron con miedo cómo habían sido desplazados a ser una fuerza casi marginal siendo el del nacionalismo una de sus batallas principales.

Las consecuencias de aquella tormenta se han dejado sentir a nivel nacional. Ciudadanos ha dejado de ser la muleta del Gobierno para, de vez en cuando, hacer de oposición. Lo ha hecho desbloqueando la derogación de articulado legal sensible, algo que debilita la posición del Gobierno y le da la llave del control a un partido que, pese a ser apenas la cuarta fuerza más votada, está sabiendo gestionar su peso específico en esta segunda parte de la legislatura.

La situación a nivel nacional se ha vuelto como la de Cataluña, pero al revés: si allí ganan aunque no sirva de nada, en el Congreso tienen un volumen reducido de escaños que empieza a tener una importancia crítica. El PP sabe que no puede atacarles en tromba a no ser que quieran liquidar la legislatura antes de tiempo. Y el Gobierno, con Rajoy a la cabeza, nunca precipita situaciones para las que no tiene medidas las consecuencias.

Así las cosas, Ciudadanos se ha disparado en los sondeos. Tanto es así que ya aparece como primera fuerza política, desplazando al PP de la primacía del centro-derecha y alcanzando un peso político impensable hace apenas unos años. Sin embargo, y a la espera de ver cómo evolucionan los acontecimientos hasta que se vuelva a convocar a los españoles a las urnas, la situación esconde para Ciudadanos más riesgos que alegrías.

El precedente de Podemos

Cuatro años antes de esta estación fría de color naranja hubo otra estación fría de color muy distinto. Por aquel entonces el PP gobernaba con mayoría absoluta, el PSOE cimentaba la tormenta entre Pedro Sánchez y Susana Díaz que aún había de llegar y Podemos era el partido de moda. Pablo Iglesias y los suyos copaban titulares, tertulias e iniciativas, y su estrella no paraba de brillar.

En octubre de 2014 el CIS lanzó la bomba: Podemos era la primera fuerza en intención de voto directa. Tras la ‘cocina’, la formación morada aparecía como tercera fuerza política, pero la señal de alerta ya estaba dada. Vale que el bipartidismo llevaba un par de años percibiendo un cambio de ciclo, pero la cosa estaba yendo más rápido de lo que se preveía.

El escenario era inmejorable para los de Iglesias, y en pocos meses podrían medir sus fuerzas. Quedaba apenas medio año para las elecciones autonómicas y municipales y, tras el éxito de los comicios europeos, habían dotado de estructura de fuerza política a una corriente de opinión muy movilizada y combativa durante los últimos años. El espíritu del 15M se preparaba para entrar en las instituciones.

Sin embargo, y a pesar del viento a favor, Podemos sufrió su primer traspiés más bien pronto. Fue en febrero de 2015, apenas un par de meses después. Se celebraban las elecciones autonómicas andaluzas y sumaron 15 escaños, con un tercio de los votos del todopoderoso PSOE de Díaz y algo más de la mitad de un PP en caída libre. Por debajo de ellos, en Ciudadanos celebraban con éxtasis haber sumado nueve asientos.

La diferente percepción de los hechos -que unos vean una derrota sumar 15 escaños y que otros celebren obtener nueve- tiene que ver con las expectativas. Ciudadanos estaba en pleno crecimiento y, como partido catalán, era un triunfo sin paliativos entrar como cuarta fuerza en el Parlamento Andaluz. Para Podemos, que se veían poco menos que en la Moncloa, aquellas elecciones abrieron una brecha inesperada, aunque también sirvieron a Iglesias para contener el empuje interno del sector anticapitalista liderado por Teresa Rodríguez.

Apenas tres meses después, y a pesar de la carencia de estructuras capilares, Podemos logró articular toda una red de ‘mareas’ y ‘candidaturas populares’ que le valieron tener un peso decisivo en varias autonomías y pasar a controlar los Ayuntamientos más importantes del país. La derrota, por tanto, no había sido tal. Más bien había sido un desajuste de expectativas.

Caballo ganador, caballo perdedor

Ahora la película se repite, pero con diferentes protagonistas. En estos cuatro años de tiempo muchas cosas han cambiado en España, pero una quizá más que las demás: los sondeos electorales han pasado a percibirse con más escepticismo que confianza.

Sin embargo, acierten más o menos -últimamente han vuelto a acercarse en sus pronósticos-, siempre tienen una consecuencia positiva para quienes salen bien parados. Es lo que en sociología política se conoce como ‘teoría del caballo ganador’, por la que aquellos votantes sin un voto claro, o con dudas entre varias candidaturas, tienden a apoyar a aquella que parece más fuerte.

En la situación actual, con un PP desgastado y en crisis, y con Ciudadanos en la cresta de la ola, eso podría dar alas a los de Rivera. Y eso sin entrar en los nichos electorales del PP que ya empiezan a debilitarse, como el de los jubilados.

Ahora bien, en un momento tan delicado como este, un error puede hacer que todo el crecimiento se venga abajo. Es lo que le ha pasado por ejemplo a Podemos, que pese a su cuota de poder -mucho mayor que Ciudadanos en todos los ámbitos, desde el municipal al estatal- ha ido desgastando su trayectoria. El no haber logrado el ‘sorpasso’ a un PSOE en ruinas en las pasadas elecciones fue un golpe duro de encajar, más incluso que sus cuitas internas. De nuevo, las expectativas.

Con todo, Ciudadanos no debería lanzar las campanas al vuelo. No es sólo el -indeterminado- tiempo que queda antes de las elecciones y todo lo que puede pasar hasta entonces. Es que ya compite de tú a tú con un partido con mucho más arraigo, estructuras y capacidad. Y en el PP de Mariano Rajoy las decisiones y los giros nunca se toman a la ligera.