Fuente: Wikimedia Commons
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¿Quién apoya a la ultraderecha?

En los últimos años ha habido un resurgimiento de los partidos de ultraderecha, algo que en España no está teniendo tanto eco, fundamentalmente porque es un fenómeno diferente al del resto de Europa

 

Los postulados políticos de extrema derecha han pivotado tradicionalmente sobre unos valores comunes, basados en el nacionalismo (fundamentalmente étnico y, en muchas ocasiones, con una visión expansionista), la defensa de los valores tradicionales (fijados en la costumbre del territorio y, en ocasiones, a los valores religiosos) o la apelación a la disciplina como garantía de orden y rectitud moral (donde ha tenido cabida muchas veces el simbolismo militar). Pese a estas premisas la categorización resulta peligrosa al hablar de movimientos totalitaristas, ya que en muchos casos se salen de estas visiones clásicas.

Así, la corriente ultraderechista por excelencia, como fue el nazismo, huyó de apelaciones religiosas (más allá de una inscripción en la hebilla del cinturón de los uniformes de las SS que decía ‘Dios con nosotros’) mientras que, en un ejemplo más reciente de ideología totalitaria, el fundamentalismo islámico trasciende la ideología política en sí para supeditarla a su causa central: la expansión de un determinado credo religioso y su interpretación estricta como única forma de vida. También existen movimientos expansionistas basados en un nacionalismo étnico y con una interpretación militar de su acción, pero que crecen desde la extrema izquierda (como el caso del terrorismo vasco o algunos movimientos paramilitares).

Con tanta contradicción de criterios, ¿qué valores comunes presentan los movimientos ideológicos ultras para poder distinguirlos de los demás? Xavier Casals, doctor en Historia Contemporánea por la Universidad de Barcelona e investigador del fenómeno ultraderechista, advierte no se puede ver el actual movimiento ultraconservador bajo el prisma del nacionalsocialismo alemán del siglo pasado o de los valores de la dictadura franquista. “ No se trata de una reedición de un fenómeno pasado, sino algo emergente, algo nuevo que nació hace 25 años, cuando Le Pen consiguió representación en Europa”. El contexto actual es “muy diferente” al que tenía la Europa de entreguerras, cuando se fraguó el ascenso del nazismo.

Renovación y resurgimiento

Bajo esta nueva realidad, en los últimos años se ha observado un progresivo aumento del peso político de estos grupos de extrema derecha en diversos puntos de Occidente, fundamentalmente en Europa. No se trata de una ola de neoconservadurismo, sino de partidos de extrema derecha que, en algunos países, se han convertido en piezas clave en la articulación de gobiernos y que suelen presentar una visión étnicamente europeísta aunque ideológicamente euroescéptica en virtud de la defensa ultranacionalista de sus diferentes países.

Se podría decir que cada uno de esos grupos defiende los intereses de su territorio y, aplicando sus principios ideológicos a éstos, varían sus planteamientos. Según Casals, “tienen unas ideologías transversales, reuniendo a votantes de diferentes inquietudes. Por ejemplo, en Francia el mundo católico es más refractario a votar a la extrema derecha”, comenta.

Es por ese motivo por lo que, pese al crecimiento vertiginoso de estos movimientos, no funcionara la creación de un grupo común en las instituciones europeas, el de Identidad, Tradición y Soberanía. “El problema es que choca una concepción mítica de Europa con el ultranacionalismo, es una tensión que siempre ha existido. ¿Cómo podrían convivir grupos de ultranacionalistas cuyos intereses chocan, como chocarían por Gibraltar los ingleses y los españoles?”, se pregunta. “Incluso chocan en cómo ha de ser Europa, si una unión de naciones o una unidad de patrias”, ya que hay partidos como la Liga Norte italiana o como el Vlaams Belang belga que reclaman la soberanía de sus regiones en lugar de la unión de la patria, como hace, por ejemplo, el Frente Nacional de Le Pen o la ultraderecha española.

Pese a que la unión de radicalidades diferentes y con intereses enfrentados resulta prácticamente imposible, las elecciones europeas recientemente celebradas arrojan un dato a tener en cuenta: de los 736 eurodiputados, 120 son radicales, populistas o euroescépticos. Entre las formaciones más duras destacan los húngaros del Jobbik, con tres representantes, los ocho de la Liga Norte italiana, los tres del Frente Nacional francés, los cuatro del PVV holandés, los dos del BNP británico o los dos del Vlaams Belang belga.

Puntos en común

Pese a todo sí se observan ciertos rasgos en común, como una “visión antiglobalización contra las organizaciones supranacionales”, según Casals, o “ el populismo, el rechazo a la inmigración o su voluntad antisistema”, señala Jacobo Muñoz, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

Gracias a estos rasgos en común se ha percibido de una forma unitaria a los diferentes movimientos ultraderechistas del continente, en los que sí se da un claro crecimiento que también ha llegado a las instituciones europeas. En las últimas elecciones, algunos partidos políticos se han sumado con otros más moderados (de corte nacionalista y euroescéptico) para conformar la cuarta fuerza parlamentaria, La Europa de las Naciones, con 44 asientos del total de 783, como el caso de la postfascista Liga Norte italiana.

Esta tendencia coincide en el tiempo con un aumento del número de inmigrantes a causa de los desequilibrios económicos internacionales, que derivan en un aumento de los incidentes xenófobos, una cierta pérdida identidad nacional a causa de la progresiva globalización frente a la reivindicación nacionalista de los valores más locales, una progresiva laicización de la sociedad frente a la irrupción de grupos que reclaman la vuelta a la espiritualidad y los valores tradicionales… La evolución de estos movimientos es “imprevisible”, según Casals, pero el actual clima de crisis podría dar un empujón importante a las bases ultraderechistas, según Muñoz.

Ideología transversal

Pero ¿qué supone exactamente ser de extrema derecha? “Ni siquiera los expertos se ponen de acuerdo”, apunta Xavier Casals. Según afirma, se trata de un colectivo social en el que hay “ más hombres que mujeres, jóvenes y obreros, mayoritariamente de un ámbito urbano”. Muñoz coincide con esa visión: “son jóvenes que se sienten fuera del sistema, a los que les gustan las manifestaciones de tipo violento y que no se encuentran cómodos en el sistema democrático”.

“Al contrario de lo que se suele pensar no se trata de un movimiento de élite, sino que tiene más fuerza en las áreas obreras del extrarradio de las ciudades, con un perfil de clase y formación intelectual bajas”, apostilla Fernando del Rey, doctor en Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid. “Son mayoritariamente jóvenes desestructurados, con poco arraigo, un grupo muy minoritario y sin una ideología conformada” en los que el componente ‘antisistema’ juega un rol fundamental.

El caso español

Los ultraderechistas, según Casals, “tienen una ideología transversal. Se mueven más por valores que por un sentimiento unitario común, valores como la seguridad o como un valor ambivalente del Estado: reclaman más libertad, pero también una mayor intervención del mismo”. En definitiva, la ultraderecha en sí no es un movimiento unitario, y ejemplo de ello es la nula evolución de los partidos de este signo en España, a diferencia de lo que ha sucedido en Europa.

¿Por qué la extrema derecha española no ha vivido el auge experimentado en otras zonas de Occidente? Según Casals, “la extrema derecha europea que ha conseguido representación parlamentaria lleva mucho tiempo compitiendo en elecciones, lo que ha conllevado una adaptación de sus discursos”, algo que no ha sucedido en España, “por lo que su discurso se ha anquilosado”. Mientras en Europa la visión ultra ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos (el cambio de marco internacional, la inmigración, la globalización…) en España siguen vinculados al conservadurismo postfranquista, más tradicional y católico.

De este modo “ hay un choque entre la cosmovisión de la extrema derecha postfranquista, que era católica, con los postulados antiigualitarios que se derivan de la discriminación racial, un choque entre el mito de la hispanidad y su hermandad con los antiguos territorios españoles contra la discriminación a los inmigrante, en gran parte de origen latinoamericano”.

Detrás de este resurgimiento detectado, los expertos apuntan fundamentalmente a un gran motivo, la globalización, tras la que se esconden varias consecuencias. Según Del Rey, para los ultraderechistas “es esencial el sentimiento de pertenencia, porqueson gente muy desarraigada”, con lo que esa adhesión entorno a un territorio o un Estado respondería a esa disolución de la identidad en un mundo globalizado. En la misma línea se mueve Muñoz, que apunta a “una sociedad individualista, en la que la absorción de la individualidad es esencial y ante la que surge la nostalgia de la colectividad”.

“El actual contexto de crisis probablemente va a hacer que crezcan como oposición a ese mundo exterior amenazante”, señala Del Rey. De ahí que se llegue a un denominador común que es el euroescepticismo, “con un fuerte poso racista como reacción contra el inmigrante, una fobia hacia los musulmanes como amenaza no ya religiosa, sino cultural, en la que impedir la entrada de Turquía a la Europa católica es fundamental, aunque eso de ‘católica’ no sea monolítico, ni mucho menos”.