Fuente: Wikimedia Commons
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La latente ultraderecha española

El hecho de que la ultraderecha española siga anclada en la lógica tradicional, religiosa y militar hace que, a diferencia de lo que sucede en Europa, no haya modernizado su oferta y, por tanto, no consiga la misma representatividad

 

El movimiento ultraderechista en España ha sido hasta el día de hoy muy minoritario, aunque se observa una cierta tendencia ascendente en los últimos años. Según la encuesta sobre ideología que elabora mensualmente el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), apenas un 2% de la población se identifica con posiciones de extrema derecha.

Es, de todos los espectros posibles (extrema derecha, centro derecha, centro, centro izquierda o extrema izquierda), al que menos personas se adscriben, con un porcentaje tres veces menor que el de sus antípodas políticas, en el que se sitúa un 7% de la población, según los datos del pasado mes de abril. “Hay más ultraderechistas, sin duda”, asegura Fernando del Rey, doctor en Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid. “La ultraderecha está mal vista, por lo que hay mucha gente que dice no ser racista si se les pregunta directamente, aunque mediante otras preguntas se puede ver que sí hay cierto poso xenófobo”.

Con todo, la evolución de estas ideologías extremas en España apenas ha variado con el paso del tiempo. En enero de 1996, fecha de la primera medición, era un 2,5% de la población la que se identificaba con los postulados ultraderechistas. En estos 13 años, el mes con una tasa mayor fue en abril de 2000, con un 3.4%, y los que presentaron menores tasas fueron marzo de 2003 y febrero de 2005, ambos meses con un 0.8%.

Otra paradoja en el caso español es que, pese a que uno de los rasgos distintivos de la ideología ultraderechista es la disciplina y la unión bajo un símbolo, uno de los principales problemas que tienen es la falta de unión interna, “que responde a una suma de factores, como la carencia de liderazgo sólido”, apunta Del Rey. Como consecuencia aparecieron toda una constelación de organizaciones, partidos minoritarios y grupúsculos, lo que ha provocado que carezcan del más mínimo peso político en la historia de las elecciones.

La ultraderecha desde la Transición

Los resultados de las recientes elecciones europeas confirman la norma general: un ascenso continuo, pero con unas cifras globales insuficientes. En total, sumando las seis listas ultraderechistas que han concurrido a las elecciones, han conseguido 64.136 votos, un 0,4% del total. La cifra, aunque menor, es el triple de lo que sumaron en las últimas elecciones continentales, cuando sumaron 26.699 votos entre todos.

La cifra total obtenida es prácticamente la misma que sacaron en los primeros comicios de la democracia, los de 1977, cuando la Alianza Nacional 18 de julio sumó 67.000 votos, lo que le dejó fuera de las Cortes. El mayor éxito político de la ultraderecha vendría después, cuando el Partido Unión Nacional consiguiera colocar a Blas Piñar como diputado al sumar casi 380.000 votos en las elecciones de 1979 a pesar de que concurrieron a los comicios cuatro listas diferentes de la Falange.

En 1982, Fuerza Nueva (nueva identidad del partido) se quedó a las puertas de la representación parlamentaria al sumar 108.000 sufragios. En las dos siguientes convocatorias, los partidos de ultraderecha perdieron un 50% de sus votos primero y otro 50% después, y comenzaron a estancarse en cifras de entre 12.000 y 16.000 apoyos en su lista más votada.

Esta tendencia descendente se corresponde con el ascenso de Alianza Popular, que cristalizó posteriormente en la creación del Partido Popular. En este sentido, una de las razones que suelen aducirse para justificar que los ultraderechistas españoles no tengan el mismo peso que sí tienen otras formaciones similares en Occidente es que el Partido Popular, como partido conservador, ha sabido aglutinar a su alrededor a parte de esos votantes, que no a su militancia.

En ese sentido, el doctor en Historia Contemporánea por la Universidad de Barcelona e investigador del fenómeno ultraderechista (cuyo libro ‘ Ultrapatriotas‘ es muy recomendable para conocer el fenómeno en profundidad) admite que el PP “puede haber satelizado el voto útil de la extrema derecha, lo cual no quiere decir que el PP sea de extrema derecha”, matiza. Esto, según Del Rey, responde “a una lectura pragmática por parte del militante ultraderechista, que hace que vote a lo más próximo, que es el PP, aunque en el partido predomine una visión moderada”. “Sucede lo mismo en sentido contrario”, añade, “por ejemplo con Esquerra Republicana de Catalunya, que también absorbe votos de extrema izquierda”.

Avance importante, resultados anecdóticos

En la última década la tendencia parece invertirse. Aunque la ultraderecha española sigue siendo residual y concurre a las elecciones desunida (una decena de partidos diferentes en las últimas elecciones, donde llama la atención la multiplicidad de ‘falanges’ que hay –La Falange, Falange Auténtica, Falange Española de las JONS…-, han ido experimentando un progresivo aumento en el número de apoyos recabados.

El punto de inflexión se dio tras 1996, cuando las listas de la ultraderecha sumaron unos 18.000 votos (un 0,07% de los 25 millones totales), pasando a 31.000 en 2000 (un 0,13% sobre 23 millones), 40.000 en 2004 (un 0,15% de los 26 millones de sufragios) y unos 50.000 en las últimas elecciones (casi un 0,2% sobre los 25,5 millones de votos depositados).

En total, dos de cada mil votantes se decantaron por la ultraderecha. Cabe tener en cuenta que la conciencia antisistema que muestran los miembros de este signo político hace difícil cuantificar la importancia del colectivo por sus votos: si no creen en la democracia es complicado que vayan a votar, aunque sea a los suyos.

Se han dado varios intentos de cohesionar a las fuerzas de ultraderecha bajo marcas únicas. A mediados de los ’90 Blas Piñar, único representante que ha tenido en la historia de la democracia la ultraderecha en las Cortes, unió fuerzas con la Alianza por la Unidad Nacional, de Ricardo Sáenz de Ynestrillas. Más tarde, en 2002, el propio Piñar constituyó Frente Español, que aglutinó a La Falange, Fuerza Nueva y España 2000, entre otros grupúsculos, pero que acabó disgregándose en 2003.

Las cifras, aunque crecientes, siguen siendo muy pequeñas, especialmente si se comparan con las de otros partidos a nivel europeo. Ese ‘anquilosamiento’ señalado por Xavier Casals, doctor en Historia Contemporánea por la Universidad de Barcelona, sigue pasando factura al movimiento ultraderechista español, que no ha sabido leer los cambios sociales que sí han aplicado a su discurso en el resto de países.